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¡Yo no los entiendo!

Por

Pedro Lapido Estran

          Mi viejo y vapuleado Falcon avanzaba entre los pozos del camino polvoriento.

         Un polvo rojo que se filtraba por las hendijas adhiriéndose férreamente a cuanto objeto se encontraba adentro.

         Me castigaba implacablemente el sol del mediodía, como si supiera que yo era un extranjero.

         En diez minutos más accedería a la ruta pavimentada y en otros diez minutos a la frontera.

         Me retiraba de un país vecino de donde me traía grandes experiencias. De pronto vi. el boliche a la vera del camino y casi automáticamente giré a mi derecha.

         Necesitaba un trago frío.

         Entré saludando a los paisanos desde la puerta, tratando de imitar la parsimonia de los hombres de esa tierra.

         Ya en el mostrador pedí una cerveza y antes de terminar el primer vaso tuve a mi alrededor a varios hombres intentando tal vez averiguar que hacía ese bicho en su tierra.

         -¿Argentino? - preguntó el más audaz.

         -Argentino, amigo - respondí - permítame invitarlo en su tierra.

          Pronto extendí mi invitación y se estableció un intercambio de intrascendencias con la totalidad de los presentes, que no pasaban la media docena.

          El que había iniciado la relación de pronto dijo:

          -A los argentinos yo no los entiendo- Y se quedó esperando una reacción que podía ocasionar un apretón de manos o una pelea, para lo cual aparentemente el estaba dispuesto.

          -Hable amigo-respondí- Se escuchar las verdades de otro, con respeto.

           Mi respuesta lo distendió y  largó el rollo:

          -A los argentinos les molesta la oligarquía nacional aunque esta invierta en su patria, pero aceptan de buen grado a la oligarquía extranjera que los explota y se lleva la plata afuera-

          Hizo una pausa, y continuó, ante mi tacita aprobación ya que no ofrecí respuesta.

         - Despotrica contra los ricos de siempre, pero aplaude a los nuevos ricos aunque estos hayan conseguido su fortuna  mediante el robo o el contubernio.

          Miré al paisano, que no lo era tanto y me di cuenta que de allí -si me iba- me llevaba la última experiencia.

         - Se sonríe socarronamente cuando ve a un gaucho vestido con el ropaje que es la esencia de su tierra,

          pero acepta sin mayor disgusto que sus hijos se vistan y actúen como los negros norteamericanos, que son la imagen de una cultura extraña y ajena.

          Y continuó ya despachado y ante la probación de todos los presentes:

         -Catalogan de estúpido y desprecian al hombre trabajador y honesto que en el ocaso de su vida aún sufre carencias,

          mientras aplauden a los ladrones que hacen obscena exhibición de una fortuna lograda en forma indecente.  

         - Ignoraron hasta la muerte y aún después de ella, a un hombre como Rene Favaloro que representaba el trabajo, la inteligencia y la decencia,

           mientras se arrastran miserablemente detrás de hombres que representan el éxito fortuito o mal habido sin mayor cabeza.

         - Reniegan de los gobiernos militares, mientras aceptan de las llamadas democracias, hambre, inseguridad, falta de trabajo, de justicia y de educación,

           cuando no situaciones vulgares y hasta siniestras.

         - Si están en contra de las oligarquías, ¿porque aceptan sistemas liberales en vez de ser socialistas?

          En fin amigo, usted discúlpeme pero a los argentinos YO NO LOS ENTIENDO.

          Y remató: ¿Usted me puede decir que son los argentinos?

          Era la mañana de un 9 de Julio más, me coloqué en la solapa la escarapela que había olvidado en un bolsillo, apuré mi último trago, lo miré a los ojos y dije:

         - Necios, amigo, necios- Pero no todos. Y estrechando las manos de cada uno de los paisanos de ese sufrido país a cuyo dolor los argentinos

          también habíamos contribuido, proseguí mi camino.

         Media hora después y ya transitando rutas argentinas, mi mirada vagaba por los interminables campos sembrados y de pastoreo

         - nuestra principal riqueza - mientras en mi cabeza resonaban reiteradamente las palabras del paisano vecino:

         -A los argentinos, YO NO LOS ENTIENDO.

         Pedro Lapido Estran

         Escritor y poeta Argentino