PEDRO LAPIDO ESTRAN

 

TRONO DE LANZAS

 

Una Novela sobre Calfucurá, su entorno y su tiempo.

Rey de hecho, de las Pampas Argentinas, durante 40 años.

 

 

Los buenos y los malos, los lindos y los feos,

Nunca fueron patrimonio hegemónico de una etnia,

de una religión o de una cultura; sino de una especie: La Humana.

 

La Plata – Argentina

 

 

Salvo la Nota Preliminar (Sujeta a ajustes) y el Epilogo, todo el resto del contenido son trozos de capítulos en elaboración, unos más completos , otros menos, otros en comienzo y algunos solo en título. Se trata de observar, como después del trabajo de investigacion pertinente, va naciendo una novela histórica, sobre una firme base de verdad y el enriquecimiento literario que agrega el autor en cada uno de los personajes y en los hechos.

 

 

Nota preliminar del autor

 

 

      “La historia de mi patria aún no está escrita.” Esta frase, dicha con convicción, provoca a veces más de una mirada de sorpresa. Porque quien la escucha sabe que existen centenares de libros sobre el tema. Pero es entre aquellos que más leen esa historia escrita, donde surge y se afirma,   la necesidad de reescribirla. Y si existen períodos, cuya complejidad y confusión, amerite esta necesidad, creo que uno, es el período elegido   para esta novela - 1830/1873 - y los años anteriores y posteriores que completan el siglo.

       De hecho que yo no voy a intentarlo. Primero porque no soy un profesional de la historia, (Apenas soy un amante empírico de ella), y segundo, porque creo que esto debería hacerlo un gran equipo, profesional y multidisciplinario, sin intereses comerciales ni políticos, sino históricos, que tras indagar y corroborar los grandes archivos de la nación y los pequeños pero múltiples archivos que se encuentran en centenares de ciudades argentinas,  se decidan a rebosquejar  las figuras que la integran, describiendo con el mayor pragmatismo posible  en “tiempo y lugar” la actuación de cada uno de ellos.

        Para eso, habrá que desprenderse de “ideologías”  e “idologias” y dedicarse al trabajo con una intención puramente científica. Creo que es indispensable partir de la “ubicuidad histórica”, con preguntas como: ¿Como era nuestra nación?, ¿Ya teníamos una nación? , ¿Cuál era su territorio?, ¿Estaba definido o aun era incierto?, ¿Cómo era nuestra forma de gobierno,  ya estaba decidida? ¿Qué intereses amenazaban nuestra formación como país? ¿Eran foráneos o internos?

        Y de esta forma analizar lo  “que hizo”,  cada personaje histórico en el marco en que lo hizo, para que sean los educandos o en otro caso simplemente los lectores, quienes definan “quien fue”, sobre sus actos.

        Porque cuando leemos nuestra historia, vagamos siempre entre las controversias  de los llamados “clásicos” y los “revisionistas”, encontrándonos con personajes claves como Don Juan Manuel de Rosas, quien navega entre conceptos de dictador, tirano y asesino cruel, a gran restaurador de las leyes, protector de la gente de menos recursos, y defensor de la patria.

        De hecho es muy probable que Don Juan Manuel, no haya sido, ni lo uno, ni lo otro. Y yo no voy a arriesgarme a decir quien fue, porque estaría falseando mis propios conceptos, y porque no sucede solo con él, sino que López, Urquiza, Lavalle, Quiroga, Peñaloza, Mitre, Sarmiento, Roca y otros cientos, se encuentran en la misma situación.

       Y a estos personajes históricos deben agregarse en un plano de igualdad conceptual,  los personajes indios. ¿Por qué?, pues porque fueron y son parte de nuestra historia y no ameritan diferencias.

       Ellos fueron generosos y mezquinos, nobles y traidores, mentirosos y sinceros, sanguinarios y piadosos, astutos y tontos, buenos y malos en la misma proporción y relación que los blancos.

      Los descendientes de españoles, italianos, galeses, ingleses, y otras etnias; al igual que los Tehuelches, los Ranqueles, los Pampas y los Mapuches, entre otros, hicieron; (A veces construyendo y a veces destruyendo) a nuestra Patria.

      Y no hay ninguna duda de que formaron parte de las luchas que conformaron los países del río de la plata, desde las guerras de la independencia, hasta las guerras intestinas que definieron los perfiles definitivos de ellas para su bien o su mal.

       Hubo indios “patriotas” e indios “realistas”, indios “federales” e indios “unitarios”, “nacionales” y “rebeldes” al menos en los hechos concretos de muchas batallas. Y tal vez esto se defina como uno de sus más trágicos errores.

       Fueron manipulados y manipularon, tuvieron intenciones de integración y de separación, engañaron y fueron engañados, traicionaron y fueron traicionados.  No encajan en las tesis de “víctimas y victimarios”. En la relación indios-blancos-indios. No existe una substancial diferencia de actitudes. Hubo indios peleando contra indios por intereses propios y por intereses blancos. Y hubo blancos peleando contra blancos por intereses propios e intereses indios, hasta el extremo de existir entre los indios “Caciques blancos”.

       Tal vez la única diferencia ponderable  que deja la verdad, sea al final la de “vencedores y vencidos”, y esta se da también en las luchas intestinas que azolaron nuestra patria como antes y después azolaron el mundo.

        Curiosamente, la definición más profunda y precisa  de los hechos se encuentre en los versos de una mujer que no fue ni india ni española, sino nacida en Ucrania, y que en su libro “La Patria” nos dice:

 

La historia de la patria nunca tuvo / el amable sabor de las consejas.

Está hecha de lágrimas, de sangre, / de dolor, de vehemencia,

de una pasión impar, desgarradora, /de una pasión acerba.

La historia de la patria es la del hombre, / su vigilia, su sueño, su proeza.

 

Julia Prilutzky Farny (Fragmento)

 

        Lo que van a leer ahora, de ninguna manera pretende ser un libro histórico, no es sino una novela. A través de la cual pretendo si, colocar en ella, a ciertos personajes que la conformaron, lo más fuera posible de estereotipos, -en una forma que quiere ser amena- para que el lector se entretenga siendo partícipe de una gran aventura. La formación de su patria. Y así también de alguna manera, ese recorrido le ayude a comprender  y entender que los hombres que la hicieron - con sus aciertos y sus desaciertos- en esos momentos, tal vez eran los únicos que podían hacerla.

       Para ello, y sin desmerecer a otros, he elegido principalmente a un personaje: “Calfucurá” (Piedra Azul), su entorno y su tiempo. Los dejo entonces con “Trono de Lanzas”.

 

Pedro Lapido Estran

 

 

Nace la novela, con el surgimiento del personaje que será el eje central de la misma. Elaboración literaria sobre datos históricos de más o menos comprobación.

  

 

INTROITO:

(El principio - La leyenda)

 

Laderas de un Volcán sagrado (Hoy, Llaima) – 1777 – Araucanía (Chile).

 

      El cono regular, simétrico del volcán Chañel se elevaba en la pre-cordillera con sus inocultables 3000 metros generosos de altura.

      El viejo indio ascendía con dificultad, transitando entre los rectos y cilíndricos troncos de Pehuén  que alternaban cada tanto alguna  Lenga o Coihue en las faldas de la montaña. 

      El niño Güiliche lo seguía entre molesto y curioso observando el terreno rocoso y arenoso de origen volcánico que pisaba. No estaba a gusto, este no era el terreno habitual por donde el acostumbraba a desplazarse.

       Hacía frío a esa altura, pese a la época de verano y a su abrigo de piel de guanaco que lo protegía.

       Cada tanto recogía algún piñón (Semilla del Pehuén) por indicación del anciano y lo guardaba en una bolsa. Sabía que eran comestibles y parte importante en la dieta de sus vecinos Pehuenches.

       Pero él prefería su comida habitual que no era esa y que no tenía desde hace días. Se preguntaba por qué había aceptado acompañar al viejo Machi, (Chaman) a la tierra de Piremapu (Tierra de las nieves). El viejo había pedido que lo acompañe alguien que no tenía necesariamente que ser un joven guerrero porque él tenía libre acceso a esos territorios por su condición de Machí entre todas las tribus.

      Entonces él se ofreció. A sus doce años el viaje al principio le había parecido toda una aventura. Y ya acercándose  a la edad del Admapu (Aprendizaje del conjunto de reglas que rige la conducta), demostrar sus habilidades y su valor, no estaba mal.

       Pero ahora pensaba que tal vez se había equivocado el Machi trepaba  y trepaba cada vez más la ladera del Volcán sagrado  cuyas entrañas son regidas por un  espíritu  principal de la naturaleza, un Ngen, el cual es tutelar y propietario del mismo. Y a esta presencia se sumarian  una corte de Pillanes, (espíritus menores en relación al Ngen, pero sumamente poderosos) y presumiblemente malos.

Si quiera hubiera elegido otro volcán, como el Rucapillan que al menos era el alojamiento de los espíritus buenos.

       Y no éste donde frecuentemente caen Cheruwfes (Bólidos del cielo) y en cuyas entrañas existe el Minche Mapu, (un inframundo negativo) en el que habita una pareja de dioses mayores del mal.

      Mascullando, especulando, con lo acertado o desacertado de su elección, casi no se dio cuenta de que el Sol se apagaba lentamente.

       Reaccionó cuando el Machí se detuvo y lo invito a hacer lo mismo. Se hallaban en una zona donde se erguían imponentes  arboles.

      Y tal vez debido a esa peculiaridad del lugar, la noche extendió su manto rápidamente sobre ellos.

      Siguió al Machí, quien se dirigió hacia una cueva, que él no había advertido en la ladera de la montaña. Un agujero entre las piedras del faldeo que le  pareció siniestro. El machí se introdujo en ella, en medio de la obscuridad llamándolo. No hizo  caso; Se arrebujo en su piel de guanaco, haciéndose más pequeño en una hendidura a pocos metros de la entrada. No había nada que hacer ahí. Fue superando el miedo. Relajo su cuerpo y su mente y en unos minutos, se durmió.

      Su sueño fue intranquilo, agitado, oscuro. Se veía a sí mismo montado sobre caballos de diferentes colores, delgado, alto, semidesnudo, con la piel tostada por el viento ardiente y el largo cabello negro sujeto por una vincha desprolija, cabalgando entre médanos estériles y soledosos.

     Un murmullo inapagable lo seguía: Eran miles de bocas que repetían un nombre que él nunca había escuchado. Cuando el ángulo de visión se elevaba, el brillo de un mar de lanzas contrastaba con los colores de los pendones que colgaban de ellas.

     Y había muerte, muerte y sangre. Y los que morían a veces eran de piel morena y otras veces blancos. Y escuchaba gritos, y llantos de mujeres y niños asustados.

     Y siempre él y su caballo liderando, y las lanzas, los gritos, y el dolor de hombres y mujeres, morenos y blancos. Y la chusma entre muchas rucas (Toldos), diseminadas por el campo interminable. Y el hedor, el hedor nacido en el dolor y el sufrimiento…

     De pronto, apareció un jinete sin rostro, todo cubierto de negro. Su caballo caracoleó frente a él que parecía en ese momento estar débil y caído. Y el jinete le extendió su mano y el abrió la suya, para recibir en ella una piedra; pequeña, pesada, metálica, que a la trasversalidad del Sol, emitía reflejos azulados.

     Era una Cura (Piedra) de color Callfú (Azul), una piedra azul, que no era piedra, era una Cheruhfes (Meteorito), lo que le daba el  Huitranallve (Jinete fantasmal), que al tomar el la piedra con su mano giro su cabeza y así pudo verle la cara, que no era tal, era una calavera con dos hoyos muy negros como ojos, y de ella salió una voz diciendo: “Serás invencible hasta que yo vuelva a buscarte”

     Despertó sobresaltado. Sentía  su cuerpo húmedo debajo de la piel que lo cubría. Había soñado con un Huecuvu (Espíritu maligno), pero en su mano había una extraña piedra… Buscó al Machí, que debería estar cerca de él algo más adentro, pero no lo encontró.  ¿Y si no era un Machí se pregunto a sí mismo?, ¿si era un Calco? (Brujo)

     Amanecía. La luz iluminaba la boca de la cueva, contrastando con la negrura densa y neblinosa del interior. No esperó ni buscó. Salió de la cueva y se lanzó montaña abajo apretando fuertemente la piedra en una mano.

     Abandonaba  apresurado el faldeo del volcán, sin prestar mayor atención al entorno, cuando por  una zenda lateral aparecieron de improviso, cuatro jóvenes Pehuenches de lanza, montados en briosos caballos, que al verlo se detuvieron sorprendidos.

-¡Hei!, oye niño - ¿Qué andas haciendo por aquí? – Dijo uno de los jóvenes guerreros.

-No soy niño – Contestó – Tengo nombre.

- ¿A, si? – Los cuatro rieron ante la tajante respuesta

-¿Y cuál es ese nombre? – Preguntó el primero

-¡Calfucurá!-

 

-“CALFUCURÄ” - Repitió asintiendo el Cona…Y el sonido de la palabra produjo un eco que se dispersó rebotando entre las piedras, manteniéndose un largo, largo tiempo en el aire…

 

 

 Nace un segundo personaje que servirá de hilo en la acción discontinuada y diversa de la historia.

 

 

LA PROTEGIDA

1828

 

      En el año 1828, las huestes de los hermanos Pincheira, Chilenos “realistas” dirigentes de un verdadero ejército de guerrillas, en combate continuo con las nuevas autoridades “patriotas” de Chile y Argentina, grandes combatientes y depredadores que preocupaban de continuo a estos gobiernos; atacan las estancias de San Carlos, Tunuyan y Tupungato.

       Entre sus seguidores se contaban los hombres del  cacique  Mapuche, Martin Toriano, y entre su gente cabalgaba un grupo de Huiliches que obedecían a un Toqui (jefe militar) de vasta trayectoria y respeto entre los suyos, ganada en los muchos combates contra otras facciones indias y contra los blancos por toda la Araucanía y cuya autoridad derivaba en ese momento, más de su persona que de su cargo.

       Un Lonco (jefe) de sus Lovs (antepasados comunes) que  actuaba como un Levos (Jefe de varias agrupaciones de familia) y que tenía un gran peso militar por la gran cantidad de Conas (Mocetones de lanza) que podía movilizar, muchos de los cuales no correspondían a su tronco familiar, sino que seguían su aureola de “Lonco invencible”   que hasta el momento había logrado demostrar.

      Un líder que ya era Ulmén (rico) por la gran cantidad de posesiones que había conseguido acumular, entre las que se contaban sus muchas mujeres, caballada,  ganado, platería y demás. 

       Su nombre: “Calfucura”; quien ya contaba con 63 años, pero mantenía la fisonomía, la fuerza y la energía de un hombre de menos de 50 en muy buen estado físico. Un indio que rebozaba energía y destreza para el combate, e íntimamente convencido de que él daba para más.

       En una de las estancias los asustados y sorprendidos integrantes del lugar se preparaban a defenderse, sabiendo que su chance frente a la horda atacante sería mínima. El dueño de la estancia y padre de familia, decidió entonces esconder en un sótano cuya entrada consideraba bien disimulada, a su esposa, otras integrantes de su familia, sirvientas, alguna otra mujer de sus empleados y su única hija: Una jovencita Púber de entre Trece y catorce años, de largos cabellos rubios, ojos color miel, gran belleza y fuerte atractivo físico, que preludiaba una exultante mujer.

       Como lo suponían: Cuando llegó el Malón, todo fue vertiginoso y de nada sirvieron las armas y la fuerte decisión de defender sus patrimonios. La horda atacante, muy superior en número, arrasó con cuanto se le oponía y a continuación se dedico a depredar el lugar, revolviendo y arrancando todo lo que pudieran  llevarse que considerasen de algún valor e incrementara su patrimonio entre la tribu.

       Como los indios, no eran todos del mismo tronco totémico, además siendo algunos pehuenches y otros Huiliches, con el pillaje comenzaron las peleas y el trabajo post combate de los capitanejos para controlarlos y hacer que obedecieran las pautas de los Loncos presentes.

        El dueño de la estancia y sus hombres habían muerto combatiendo, con la esperanzada  posibilidad  al menos de que sus esposas e hijas se salvaran de ser golpeadas, violadas sistemáticamente, vendidas, o simplemente incorporadas como cautivas a una vida en los toldos indios, de humillante desesperación. Y es en ese fugaz momento del final, cuando tal vez comprendía el blanco, que le tocaba pagar con la misma atroz moneda con la que el cobraba cuando ganaba.

        Pasada la loca pasión del atropello. Calmada la sangre en ebullición por el combate. Los capitanejos controlaban a sus hombres. Se iban terminando las peleas, se organizaba la distribución y se comenzaba a preparar el ganado y la caballada obtenida para el arreo hacia los distintos escondrijos que ocupaban.

       Mientras tanto: Calfucura recorría la estancia al tranco cansino de su negro caballo; olfateando, más que viendo, presumiendo más que evaluando. Algo no andaba bien en este lugar. Nadie había encontrado a ninguna mujer en la estancia. Ni siquiera a las sirvientas indias que frecuentemente encontraban y que solían ser la versión blanca de las cautivas indias, con más o menos desesperación según la suerte que les tocara.

        Las partidas indias que salieran por orden de los loncos a recorrer el par de caminos por donde estas podían haber huido, ya regresaban, y con las manos vacías. Algo no encajaba. Ajustó su vincha, levantó las alas de su poncho para liberar bien sus brazos de uno de los cuales pendía su lanza, y aguzó sus oídos y su mirada.

      Andaba por detrás de la casona que era el casco principal de la estancia. De pronto, percibió como un sollozo, quedo, ahogado, pero sollozo al fin, que parecía surgir de debajo de una pila de chapas maderos y ramas. Observo sobre todo los troncos de las ramas. Estos mostraban un desgaje nuevo sin el efecto aún de las lluvias y el aire, y las hojas eran verdes, frescas, como recién arrancadas de un árbol madre.

       Una luz se hizo en su cabeza y se apeó del potro, caminando despacio hacia el montículo de chatarras cuidando la presión de sus pies enfundados en sus largas botas de potro, para que no crujiera lo que pisaba.

       Aguzó sus oídos y otra vez oyó el breve y apagado sollozo. Comenzó a retirar las ramas, maderos, ladrillos y chapas, y entonces el sollozo se incrementó y él encontró una tapa. Se introdujo con cautela bajando una escalera de ladrillos y tratando de que sus ojos se acostumbraran a la penumbra del lugar ya que por algunos puntos de las esquinas del recinto se filtraba la luz solar.

       Extremó su atención. No sea que terminara sus días atravesado por un cuchillo o despanzurrado por una perdigonada salidas de manos de una mujer.

      El lugar era una bodega y depósito de mercaderías de la estancia y desparramadas y semiocultas por las bolsas, barricas y cajones se encontraban no menos de treinta mujeres entre indias y blancas.

      Se aproximó lentamente a un rincón en donde una mujer trataba de ocultar en vano a otra que lucía una cabellera rubia y larga.

      De pronto: Todo un tropel de jóvenes lanceros Pehuenches, irrumpieron en la estancia, dando gritos desaforados y abalanzándose sobre las mujeres, tratando de cobrar cada uno la mejor parte del botín.

      Cuatro de ellos llegaron hasta donde estaba el Lonco e ignorándolo en su atropello se abalanzaron sobre la mujer que él estaba observando. Un tiro de pistola a quemarropa, le abrió un boquete en el vientre al primer indio que cayó hacia un costado ensangrentado. El que le seguía, le atravesó el cuello con su lanza a la mujer que había disparado que soltó de entre sus brazos a los cabellos rubios que ocultaba.

        Un acceso de furia incontenible posesionó al Toqui, que grito mientras actuaba:

-¡Soy el Lonco Calfucuraaaaaaaaa! - Y acto seguido sabiendo que ninguno de sus hombres se hubiera atrevido a hacer algo semejante, entro en acción fulminante el guerrero que lo había situado en el lugar que estaba.

       El Cona más cercano recibió un tiro de bola en el medio de la frente que se la partió en el acto. El segundo, chuseó la lanza hacia adelante buscando encontrar el cuerpo del Lonco, que ya no estaba ahí, sino que apoyándose en la tacuara se levanto en el aire y le golpeo la cara con uno de sus pies, arrojándolo hacia atrás y con la misma tacuara, cuando hizo pié, arrancó la lanza de las manos del tercero.

        Hubo un confuso griterío y unos indescriptibles movimientos, de algo que era más un puma que un hombre, y que concluyeron  cuando el lonco limpió su ensangrentado facón en el poncho de un caído y recogió su tacuara arrancándola del cuerpo de otro. En el suelo quedaban cinco jóvenes guerreros muertos. El Lonco Calfucura, había lavado la afrenta irrespetuosa a su persona.

       Por la escalera entraban lanceros suyos y un par de capitanejos de confianza. Calfucura se acerco lentamente a los cabellos rubios.

        Observo a la mujer que había disparado la pistola. Era una hermosa mujer de unos cuarenta años, una soberbia hembra blanca que él hubiera llevado consigo, pero que ahora yacía con el cuello destrozado por la enorme herida de lanza de ese atrevido e irrespetuoso Cona que tuvo en gusto matar de un bolazo. La sangre que vertía la herida corría entre los exuberantes pechos de la mujer. El Lonco, se dio vuelta y casi escupiendo la palabra “Cherehua” (Perro), salivó con odio sobre el Pehuenche caído.

       Aparto con delicadeza el cuerpo muerto, del otro cuerpo que la mantenía aferrada. Miro arrobado a la jovencita que yacía desmayada a su lado. Era de una belleza deslumbrante. La cara, los cabellos, los pechos, los brazos…Calfucura le dio su tacuara a uno de sus jóvenes lanceros, la alzo en brazos y la llevó hacia arriba en dirección a su caballo…

… Controlados los ímpetus de los mocetones por los loncos, distribuido el botín y calmados los ánimos de las ultimas disputas; la orda se preparó a retirarse hacia sus toldos, cada grupo tomando el camino que los favorecía hasta una nueva convocatoria a malón por algún preponderante cacique.

 

 

Aparece un segundo personaje de vital importancia en la historia, con toda su fuerza.

 

 

DON JUAN MANUEL

1830

 

            Don Juan Manuel de Rosas, arroja suavemente sobre la mesa el último grupo de papeles que leía.  Arquea su espalda estirando sus brazos hacia atrás y se acomoda en su silla.

            Flamante Gobernador de Buenos Aires, con facultades extraordinarias sin término, obsequiado con el título de “Restaurador de las leyes”  y con el apoyo irrestricto de los más grandes ganaderos terratenientes, de la población rural y del pueblo humilde de la provincia.

          Pero Don Juan Manuel, es un hombre demasiado inteligente como para no advertir la difícil tarea que le espera. Sabe que hay claros opositores a tanto poder personal: Senillosa, Luis Dorrego, Cernadas y Ugarteche, son los principales.

         Pero no puede pretender más, sabiendo que todo el mundo es un hervidero de pasiones y cambios. En Paris, se combate. En Bélgica, también. En Alemania y en Polonia, los disturbios son sangrientos. Y aquí mismo en Sudamérica, la gran Colombia se desmiembra dando lugar a tres países nuevos.

         La flota francesa se asienta en Montevideo con afán de franca competencia comercial con Inglaterra, y pese a que en general su enfoque comercial apunta a los artículos de lujo, anhela romper la hegemonía  inglesa en el mercado de Buenos Aires, donde sus manufacturas son de primera necesidad  en los artículos de consumo del gauchaje. Salvo el cuero, todo viene de ellos; los vestidos de las chinas, las ollas de la comida, los cuchillos, las espuelas. ¿Y quienes acechan en Montevideo?, bueno, “Los amigos Unitarios”.

          Esta es la situación en la aún pretendida nación, en la cual le tocará gobernar la provincia más importante. Y aunque las casas ya no se estén pintando de celeste, sino de colorado; él no se engaña.

          Hay golpes suaves que se reiteran sobre la puerta. Aprueba y esta se abre. Su edecán militar y su secretario entran de prisa. Hace un gesto y el militar habla:

- ¡Excelencia! – y prosigue con cierto nerviosismo.

-En Oncativo-

-¿Oncativo? – Interrumpe Rosas.

-Si mi Brigadier – Laguna Larga – agrega.

-Sí, dime pronto. ¿Qué pasa?

- El General Paz, luego de una batalla sangrienta, en donde…

-¡Dime ya!, ¿Qué paso? – Interrumpió exaltado.

-Quiroga, mi brigadier- Quiroga fue derrotado y se retira con el ejercito diezmado.

-“El tigre de los Llanos”, ¿Derrotado? – Maldito sea ese Paz, ¡No he de descansar hasta atraparlo!

-¿Hay más? – Dime - ¿Hay más?

-Los Ranqueles, señor- Yanquetruz se ha puesto en movimiento.

-¿Y los Borogas? - ¿Qué han hecho?

-Sin noticias, señor, todavía-

-¿Y que de los hombres que envié a Chile por Toriano?

-Hay acuerdo señor, lo sabemos- Pero aún no han regresado.

- Bien, ¿Qué más?- El edecán hizo un gesto negativo.

- Comunica a los oficiales una reunión en dos horas, con toda la información que consigan sobre los dos casos-

           Hubo un choque de botas y un saludo marcial que terminó con la conversación.  Mientras el militar salía, Rosas dijo:

-Y tú, a ver tú, que tienes- ¿Más problemas?

            El secretario abrió la boca, pero no pronunció palabra, en espera de la compostura del restaurador, que abandonaba sus ímpetus guerreros, para transformarse rápidamente en un hábil, tranquilo, y zagas negociador político.

-Señor- Lo esperan los señores Bell, para hacerle una demostración del nuevo sistema de tiro de pecho y cadeneros y para mostrarle los nuevos carruajes.

- También- Prosiguió- El obispo Monseñor Mariano y Cabrera, y además un artesano/artista para mostrarle una nueva forma de expresión, llamada “Litografía”.

-Y su esposa- Agregó – Le envía esta nueva publicación llamada “El Gaucho” que es un periódico escrito en verso.

-¡Ah!, ¿Otra más?, como para versos estoy yo hoy – y agregó:

-A ver, primero la iglesia –por si acaso- después el comercio, que trae dinero; y al final, el arte.

-Señor si quiere- Intercedió el secretario.

-No, no, que pase al final también. Si después de todo yo también soy un artista.

           El anonadado secretario, aguardó a que don Juan Manuel, apagara su risa y agregó:

-A, la señora Doña Encarnación…

          Rosas lo miro interrogante:

-La señora quiere saber si se prepara para un paseo a las barrancas de Olivos-

          El Restaurador negó con la cabeza, mientras pensaba: Debería decirle que estoy entrenando en el “palo enjabonado”, con Yanquetruz arriba, como premio, y Paz abajo, como castigo. Y haciendo un gesto elocuente con la mano, despidió al secretario y preparo una sonrisa, para recibir al Vicario Apostólico.

 

 

 

Hechos históricos novelizados que entretejen la trama.

 

 

¡NO DUDE MI GENERAL! 

10 de mayo de 1831

 

     Ya estaba a la salida del bosque; ya los tiros estaban sobre él. Por bajo de la copa de los últimos arbolillos distinguía a muy corta distancia los caballos, sin percibir aún a los jinetes,  al fin, los descubrió  del todo,  sin imaginar siquiera que pudiesen ser enemigos…

       Vio al teniente Arana en medio de muchos hombres y escuchó que decía:

-“Allí está el general Paz, aquel es el general Paz”-, mientras lo señalaba con la mano.

        La acción de Arana robusteció su persuasión de que aquella tropa era suya. Pero su paisano guía seguía diciendo:

-“No dude mi General”-  y lo  persuadía a que huyese, porque creía firmemente que eran enemigos.

        Entre tanto aquella turba ya se dirigía hacia él. Dudoso aún, volvió las riendas de su caballo y tomó un galope tendido. Una multitud de voces, le gritaban que hiciera alto, podía oír claramente una que decía:

-“Párese, mi  General; no le tiren que es mi General”…

        Volvió a dudar de quien lo perseguía, y ruborizándose de aparecer fugitivo de sus propios hombres, que ya habían quedado unas diez cuadras atrás, tiró de las riendas de su caballo y, moderando en  gran parte su escape, volvió la cara para cerciorarse:

         En ese estado, uno de sus perseguidores, con un acertado tiro de bolas, dirigido desde muy cerca, inutilizó su caballo impidiéndole continuar la retirada. El caballo se puso a dar terribles corcovos y contra su agrado lo arrojó a tierra.  De pronto se vio rodeado de una docena de hombres que lo apuntaban con sus carabinas y lo intimaban a que se rindiera.

          Aun estaba confundido, pero pronto supo que eran enemigos… El brillante General Paz,  el gran estratega que le ganaba batallas con figuras de contradanza, al decir del Tigre de los Llanos, había caído del modo más ingenuo, más inaudito; prisionero de los hombres comandados por los Reynafé, que obedecían en ese momento al Caudillo Santafecino Don Estanislao López.

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       Don Juan Manuel reía, entre sorbo y sorbo del vino francés que intentaba paladear sin lograrlo, dominado por su risa.

-¡Baya con estos militares leguleyos que tiene los salvajes!, de que poco le sirvió al manco, su filosofía, su teología, y sus grandes artes militares- y agregó:

-¡No conocen el suelo ni la gente, en donde pelean, miren que ser boleado estúpidamente por un Gaucho como Ceballos!

       Paladeó con gusto el tinto. El 22 de Abril Paz había derrotado a Bustos en San Roque. El 22 y 23 de Junio a Quiroga en La Tablada, después, Oncativo. Tan mal había quedado Facundo después de ello, que hablaba de no regresar a las batallas. Luego, 2500 muertes en las redadas sobre el Oeste de Córdoba, contribuciones forzosas a los Federales Cordobeses, la creación de la liga Unitaria.

      ¡Qué buena boleada, la de Ceballos!     

 

 

 

Otro personaje importante de gran peso en la sociedad y el momento.

 

 

ENCARNACIÓN EZCURRA

1833

 

         La esposa de Don Juan Manuel, observaba detenidamente a los hombres que le hablaban, sentados frente a ella y tenía cada vez más claro, que esos petimetres, solo servían para hacer negocios fáciles a la sombra del poder, utilizando sus capitales heredados razón por la cual intentaban vender sus dudosas imágenes de “amigos” a su marido por “si las moscas”.

         Pero ella sabía que a estos federales cismáticos, “Lomos Negros” como se había dado en llamarlos últimamente, en los momentos de crisis, los únicos pensamientos que les pasaban por su cabeza, eran como huir del peligro y donde radicarse con seguridad para seguir con sus “negocios”.

          Ni tampoco veía como podía pedírseles apoyo, ya que no manejaban factores éticos, ni morales, que les crearan nunca un “compromiso” firme con hombres, entidades o causas.

          Asombrada de sus propios pensamientos, se dio cuenta del profundo desprecio que sentía por esa clase de imberbes que pretendían de ella su consideración. Los despidió, pensando...

          Ella debía confiar en los “Federales Apostólicos”, familias tradicionales que apoyaban a su marido incondicionalmente, y de ser posible “organizarlos”, como un estimulante político y de cohesión a favor de su marido. Aunque debía ser cautelosa, porque en el entorno de su marido, tanto en la ciudad como en la campaña, y no solo en las clases bajas, había gente tan inescrupulosa, como entre los Unitarios. Y ella iba a tener que utilizarlos.

            Muy fresco estaba en su memoria todavía el crimen de Dorrego.  A Juan Manuel, ella tenía que preservarlo. Debía armar una verdadera coraza de acero que lo preservara, una telaraña de hombres embanderados en una idea, un objetivo y un color. Que para el pueblo serian: “Los Colorados”  ///

 

 

Un personaje que dará que hablar viviendo una aventura demasiado grande para su talla, que lo hará testigo obligado de la historia.

 

 

EL CAUTIVO

1855

Un joven francés en una aventura demasiado grande.

 

           Auguste Pawloski Guinnard había nacido en Paris el 8 de Junio de 1831, cuarto hijo de la pareja formada por Jean André Guinnard  y Louise Augustine Ulliac.

           La familia vivía en el centro de Paris en un edifico situado en el número 12 de la calle Mahler.  La pareja Jean André/Louise no se avenía muy bien y su padre estaba por irse a vivir a Argelia. Auguste no tenía una formación muy especializada pero trabajaba en una compañía de exportación, lo que lo familiarizaba con el conocimiento de lugares lejanos.

            En 1855 tenía 24 años, y pensaba que ya era tiempo de buscarse la vida, y asegurar cierta holganza para la vida de su madre, con el conocimiento adquirido en Paris, pero en otro lado. Y pensando y buscando posibilidades. Augusto detuvo su atención en un lugar: El Río de La Plata.

 

 

Un Coronel del ejercito de línea, culto, conocedor del mundo a temprana edad, escritor, humanista, y prueba irrefutable de que no todos eran iguales en las dos facciones en pugna.

 

 

¡ESE CORONEL, TORO!

1870

 

“Mansilla cuenta que los toldos ranqueles tienen secciones, al estilo de habitaciones: hasta los esposos duermen en camas separadas, y no hay ni asomo de promiscuidad. Los lechos son cómodos, y en los toldos además hay asientos, cubiertos y en algunos hasta vajilla. "El espectáculo que presenta el toldo de un indio, es más consolador que el que presenta el rancho de un gaucho”.

“Los ranqueles domaban a los caballos sin maltratarlos, de a poco. Tampoco degollaban a las vacas para carnearlas, sino que las mataban con un bolazo en la cabeza. Cuando preguntó por la razón de esta actitud, le respondieron: "Para que no brame, hermano. ¿No ve que da lástima matarla así?"

Concluye Mansilla: "Que la civilización haga sus comentarios y se conteste a sí misma, si bárbaros que tienen el sentimiento de la bondad para con los animales son susceptibles o no de una generosa redención”.

 

         El 30 de marzo de 1870, en horas de la mañana, el Franciscano fray Marcos Donatti  y el joven fray Moisés Álvarez, intercambiaban miradas significativas mientras el coronel ordenaba a sus dieciocho hombres que abandonaran sus Remington y pistolas, llevando solo el sable – sin vaina- colocado entre las caronas de las monturas. Solo él y sus dos ayudantes llevaban revólveres y uno de ellos, una escopeta bastante camuflada. Al parecer la idea era; de que los indios de Achauentrú que se hallaban presentes como parlamentarios y quedaban algo así como de conformes rehenes pudieran observar bien que viajaban casi desarmados.

         Siguieron atentamente las acciones mientras el coronel preparaba cuatro pelotones con una tropilla cada uno y una de repuesto, dos cargas de regalos y una de charqui, azúcar, sal, yerba y café y un par de buenos chifles de agua para cada uno. A último momento Achauentrú, a pedido de Mansilla, agregó un baqueano llamado Angelito, al que ciertamente no le combinaba el nombre con la cara.

          Fray Marcos estaba asombrado de que su amigo Mansilla hubiera decidido ese viaje, que bien podía resultar una Odisea. Si bien entre los indios parlamentarios en sus conversaciones de pulpería muchas veces se oía: “Ese coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, no engañando nunca pobre indio”, esa postura salía de una u otra delegación de indios entre los blancos, otra cosa sería, ir a meterse en medio de los toldos ranqueles. Pero la suerte estaba echada.

        Una sola vez le preguntó al coronel, por qué lo hacía, y recibió como respuesta:     

-“Para probarle a los indios con un acto de arrojo que los cristianos somos más audaces que ellos y más confiados cuando hemos empeñado nuestro honor”-

        Fray Marcos se dio cuenta entonces de que su amigo no quería hablar de ello. Mansilla era una especie de dandi de porte aristocrático,  con una gran amplitud ideológica, hombre de muchas lecturas y amante de lo europeo, pero más bien cauto y a veces caustico en la evaluación de las pautas a las que adhería, sin participar de los prejuicios europeizantes de la época, sobre los “salvajes” indígenas y criollos, con quienes sabía mantener una relación sin desmerecimientos de su parte.

        El fraile intuía que debía haber otra cosa impulsándolo. Y si bien podía estar harto de tanto parlamento con los indios (Ninguna reunión duraba menos de dos horas, por los hábitos indígenas para parlamentar), entre algunas otras, evaluaba la posibilidad de que su amigo Lucio, intentará repetir los pasos dados por su tío, quien al regreso de una exitosa campaña indígena con quienes logro entenderse, manejar o reprimir, mejor que nadie, lograra por segunda vez la gobernación de Buenos Aires. Tal vez el coronel estuviera pensando en el ministerio de la guerra, negado por Sarmiento.

        En 1868 el todavía capitán Lucio V Mansilla, veterano de la guerra con el Paraguay fue restituido a la actividad militar de la que estaba separado por una sanción disciplinaria y enviado a la frontera del Rio Cuarto, línea de contención que limitaba el territorio blanco de las tierras controladas por los indios en la provincia de Córdoba.

         El diario La Tribuna de Buenos Aires le hizo abundante propaganda elogiando sus logros al respecto en esta frontera y al año siguiente fue ascendido a Coronel. Pero Mansilla no dejaba de considerarse desplazado. Habiendo hecho intensa campaña entre las tropas, para la presidencia de Sarmiento durante la guerra del Paraguay, y asistido en su agonía a su hijo Dominguito herido en la batalla de Curupaity; Mansilla estaba ilusionado con obtener el ministerio de la Guerra en el futuro gabinete.

         Pero no fue así, ya que sarmiento no tomó en cuenta esos afanes suyos. Ya coronel en la línea de frontera Cordobesa y teniendo como jefe inmediato al general Arredondo; Mansilla comienza tratativas con las tribus Ranqueles con  quienes ya había combatido, y en forma independiente firma un tratado de paz en febrero de 1870.

         Este hecho le acarrea inconvenientes con el gobierno, que introduce enmiendas al convenio, y suceden otros incidentes que hacen recelar a los indígenas. Entonces Mansilla, con la sola autorización de su jefe inmediato, pero sin el aval del gobierno, intenta una maniobra espectacular, la de internarse  con solo dieciocho hombres de armas   -de ex profeso muy poco armados-  y dos franciscanos, en territorio indígena para intentar restablecer la confianza de los Ranqueles. ///

 

 

                                  El personaje central, sumergido en su problemática, y tratando de prever y realizar las jugadas pertinentes para asegurar la supervivencia de su gente,                       que no siempre ve como él, el conflicto que los envuelve

 

 Calfucurá

 

Un Capitán Francés derrota - sin saberlo - al Rey de las pampas

     SALINAS GRANDES

1869/70

 

         Finales de 1869, Calfucurá era centenario. Desmejorado en lo físico; en lo intelectual aún mantenía las facultades que lo erigieron y lo mantuvieron como el gran Lonco indio durante 40 años. Su apreciación no había variado con respecto a los “huincas” y su mayor preocupación era la proximidad de su muerte; no por temor a lo que le esperaba, sino a lo que dejaba.

            Los hombres al mando en el mundo de los blancos, cambiaban frecuentemente, pero las intenciones,  no.  El indio les molestaba, el indio era una piedra puesta en medio del camino de su ambición. Sin importar el grupo al que pertenecieran o la lengua que hablaran; sean nacidos en la tierra que ellos siempre pisaron o nacidos más allá del gran lago, que se extendía al este desde Bahía Blanca. Llegaran en caballos, en carreta, o en canoa grande: todos querían lo mismo: La tierra de los indios.

            Y si él había luchado, negociado y conseguido durante los años de su poder, que los blancos pagaran por ellas; Otros de sus hermanos de raza, las cedían sin lucha, esperanzados en un imposible, el reconocimiento de sus derechos cualesquiera fueran por parte de los blancos.

             Mientras Don Juan Manuel, tuvo el mando entre los blancos, el pudo negociar bien; también con Don Justo José, logró hacerlo. Pero no fue así con los posteriores. Los dos primeros fueron hombres de palabra,  hombres de campo y de a caballo, hombres con quienes no hacían falta papeles – la mano alcanzaba - , hombres en los que se podía confiar. Y si alguna vez fallaban – como fallara el mismo algunas veces – era obligado por las circunstancias creadas por otros, no por ellos.

             Los jefes de ahora, eran diferentes. Escribían y rompían papeles con la misma facilidad. Mentían sonriendo, mientras estrechaban las manos de los indios parodiando tratados que no tenían intención de cumplir y que por parte de los indios eran incumplibles por su esencia. No eran hombres de campo ni de caballo, sino de carruajes y de la vida del indio no sabían absolutamente nada.  Enviaban cada vez más Koluches (Gente colorada), gente extraña, traída desde muy lejos, a fundar y habitar pueblos y nuevos fortines de  frontera, a sabiendas de que los mandaban al sacrificio y a las penurias, cuando no a la muerte.

        Pero de esa manera iban ganando leguas de campo para venderles luego a poderosos hacendados. Los blancos de ahora, no solo odiaban a los indios, sino que despreciaban a su propia gente.

         El consideraba que Sarmiento, era un hombre ladino y sin escrúpulos de ninguna clase, que odiaba -no solo a los indios-, sino a grupos sociales de su propia raza. Sus hombres en Buenos Aires le hacían llegar noticias que demostraban claramente que el presidente y la mayoría de los hombres que lo servían eran un peligro mortal para su raza.

         Hacían tratados para ganar tiempo, mientras traían nuevas armas a través del  Ca Buta Lauquen (Océano Atlántico),  el gran lago, con las cuales los atacaban una y otra vez, ignorando lo firmado y probando su poder para enfrentarlos.

        El último Remington era una muestra cabal de esto, que los obligó a cambiar a ellos la forma de atacar a los blancos. Pues con estos fusiles, más rápidos de cargar que los anteriores, sus hombres caían muertos, mucho antes de tener la posibilidad de entrar en pelea con el blanco.

        El cambio de estrategia indio en los ataques, demoró el efecto de este nuevo poder, pero solo era cuestión de tiempo –El lo sabía-, vendrían nuevos rifles, nuevos cañones y nuevos hombres, y con ellos vendría la muerte.

       Este convencimiento en el gran Lonco, había activado en él su sentido de la astucia – Calfucurá perdía fuerzas, mientras ganaba sabiduría – y por ello tenía dispuestos en Buenos Aires –Hoy más que antes – toda una red de espías. Dispersos entre los boliches del puerto, alrededor de los cuarteles militares y de los centros de gobierno, entre los comerciantes y entre los estancieros, se hallaban sus “Bomberos”.

       Solo que en este caso no eran agiles y orgullosos jinetes capaces de pararse sobre el caballo a otear el horizonte, dejarse caer sobre él y largarse a galope tendido, tirándose ora a la izquierda del animal, ora a la derecha,  utilizando su lanza como oportuna garrocha, y sin perderla nunca. Tal la habilidad de estos jinetes.

        En este caso eran espías, adecuadamente camuflados entre la gran cantidad de indios sometidos que servían a los blancos en múltiples tareas, soportando penurias y agresiones, a veces humillantes por su condición real de guerreros, pero que servían magníficamente para mantener informado al gran Lonco de todo aquello que pudiera advertirlo sobre las nuevas argucias de los blancos. Tan aceitado era este espionaje, que del mismo también participaban indias, quienes haciéndose pasar como cautivas, cuando en realidad no lo eran, lograban infiltrarse como domesticas en casas, y estancias, y como juguete de placer en las inmediaciones de los cuarteles militares.

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         Los dos indios, permanecían callados semi ocultos por la penumbra en un rincón del boliche, tomando sus ginebras. En el medio del salón, un blanco, acaparaba la atención de los presentes. Vestido como un marino, de cabello largo, sucio y desgreñado sujeto por un pañuelo. Con una espesa y desordenada barba que se extendía sobre su pecho tapando su cuello, siendo receptora de gran parte del líquido que ingería y que regularmente secaba con una de las amplias mangas de su chaqueta.  Esta que después de haber conocido sus momentos de gloria probablemente, ahora vestía este  desagradable espantajo.

          Hablaba, reía y escupía groseramente, mostrando sus sucios y deteriorados dientes, que encajaban adecuadamente con el resto de su rostro, de facciones brutales y ojos malignos. Ojos que se movían inquietos debajo de sus espesas y desprolijas cejas, vigilando el entorno con la desconfianza de quien se sabe rechazado muy frecuentemente.

          Mostraba un rifle, al parecer, un rifle diferente. Con la intención al menos aparente de venderlo. Frente al asombro admirado de los presentes, ante quienes manipulaba constantemente una manija que el arma tenía detrás del guardamonte  y que al accionarla expulsaba proyectiles que cada vez caían sobre la mesa o el suelo. Repitió  el gesto una docena de veces, para después recogerlos e insertarlos en el arma nuevamente. Todos observaban el arma con interés, pero entre los ansiosos presentes nadie parecía estar en condiciones de pagar lo que pedía por ella.

          Uno de los indios murmuro:

-Viendo Remington- para ser callado por el otro con un gesto.

          Tomando y riendo el repugnante individuo, solicitaba a los presentes que difundieran la noticia –veladamente- con esa complicidad de boliche que a veces se teje en ellos, de la mercadería que tenía. Que no había cantidad para ofrecerlas al ejército, pero que tal vez algunos milicos ahorrativos quisieran tenerla. No quiso decir donde se lo encontraba, sino que aseguró que en un par de noches estaría de vuelta.

         Alguien preguntó si no aceptaría el pago en cueros, y él respondió que sí riendo a carcajadas, pero que lo prefería en mujeres. La misma persona pregunto “cuantas”, y el siniestro personaje contestó:

-No menos de tres por rifle – Y así, medio en broma, medio en serio, quedó planteada una oferta, mientras el individuo se retiraba del boliche, acompañado por otros cuatro hombres, de su misma catadura y todos fuertemente armados con pesados sables y pistolas en sus cintos.

         Un rato después los indios se levantaron en actitud sumisa sin que nadie repare demasiado en ellos, saliendo despaciosamente a la calle y tomando el rumbo del puerto.

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           La Goleta, escondida entre los islotes de Bahía San Blas, era negra. Y sus velas –más que evidentes en una goleta-, también eran oscuras, como oscura era la moral de los hombres que la tripulaban. Ahora sus velas estaban arriadas y todos en la espera. La intención era aguardar la noche para acercarse a la boca del Rio Negro, esquivando los islotes de juncos en silencio y navegar por él aguas arriba hasta el lugar de una cita secreta.

         William Kobe, era su capitán; Ladrón, asesino, esclavista, ex comanchero, ocasionalmente pirata, y tratante de mujeres. La ralea que lo acompañaba como tripulación era el espejo de sus “virtudes”. El barco era, un fragmento del infierno. Su nombre “Repulse”, era absolutamente fiel a lo que provocaban sus dueños.

         William Kobe y dos de sus compinches más allegados, hacían cuentas. Seiscientas mujeres blancas, por los doscientos rifles robados que tenían, era un gran negocio. A todas las venderían en marruecos o a traficantes de la costa sur de África o de Arabia. Serían enormemente ricos, y contratando gente nueva, pondrían proa al mediterráneo, para asentarse en alguna de las islas, donde se librarían de la Repulse y de su negra historia junto con todos los imbéciles que estaban arriba.

        Comprarían otro barco y se dedicarían al comercio legal y honrado.  La idea era “Cambiar de vida”, convertirse en “caballeros” (Algo que observándolos parecía ciertamente imposible).

        Pero por ahora, deberían ser cautelosos. Iban a negociar con el “Rey de las Pampas”, un indio que reinaba desde hacía cuarenta años sobre veinte mil salvajes, teniendo a raya a los blancos del Rio de La Plata, con todos sus ejércitos. Si se equivocaban podían terminar sus días arrastrándose en el barro, con los pies despellejados y mordidos por los perros.       

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       Pulquimilla (Flecha de oro).  Era un joven capitanejo que había ganado la confianza de Calfucurá, con su habilidad, su coraje, y su fidelidad. A diferencia de la mayoría de los Conas que, -siguiendo tradiciones-, habían ido dejando de lado el arco y la flecha para reemplazarlos por la lanza, desde el dominio del caballo en la Araucanía, el seguía una tradición familiar de flecheros, en donde se destacaba por su habilidad (Al buen estilo de los jinetes Mongoles), para disparar cabalgando.

      Portaba un arco de rama de Colihue, que sin llegar a ser un arco compuesto era más corto que los habituales, pero tan bien construido que superaba a los grandes arcos en potencia y le otorgaba mayor comodidad al usarlo cabalgando. Las flechas eran de la misma madera y todas tenían puntas de sílex, un material que tanto se encontraba en las costas atlánticas o en las llanuras o flancos de altura, todas tenían el cuerpo ahusado y levemente losange (Romboidal); en la parte trasera dos finas plumas de loro hacían de gobernalle (Timón).

       Pulquimilla solo aceptaba entre sus allegados a quienes siguieran estos conceptos sobre el arco, tal cual se los dictara su abuelo y si descubría en posesión de alguno una flecha con punta de leucita, cuarzo, obsidiana o basalto, automáticamente dejaba de pertenecer a su grupo. No estaba en contra del uso de la lanza ni de las bolas –el mismo las usaba con destreza- pero su grupo de arqueros debían estar uniformados en sus armas; los arcos y las flechas de todos tenían que ser iguales. Un concepto estratégico que los blancos debieron utilizar obligados en sus armas de fuego.

       Ahora escuchaba parado frente a su anciano y venerado jefe:

-No te confíes en la palabra de estos blancos. Sé que son de la peor clase. Debes ver a los Remington y también sus cargas. Y comprobar que funcionan bien. Arregla un próximo contacto con nuestra gente en la zona. En lo posible hay que evitar que vuelvan a Buenos Aires.

        Si puedes traer un Remington, tráelo, quiero verlo. Llévate una docena de cautivas –No más-, elegidas entre las mejores y procura encontrar una que hable español e inglés, si la encuentras, a esa después la dejas aparte y vigilada, que no le pase nada.

        Lleva tus Conas y 50 lanzas más, pero no les muestres toda tu fuerza. Tenla oculta y dispuesta. Los ojos bien abiertos y la cabeza atenta. No son hombres, son víboras, si te traicionan… no tengas piedad. – Ah! Y si no te dan, no les des nada – Agrego terminando.

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         Sobre la cubierta de la Goleta, el observador destacado, pegó el grito: -¡Allí, las lanzas! – Satisfecho y aliviado por haber terminado bien su trabajo, en el que temía fallar dada la gran cantidad de foresta que se le encimaba al rio en esa zona. Pero allí estaban; eran tres lanzas clavadas en fila sobre un médano no muy distante al agua. Las dos exteriores con trapos rojos y la del medio, blanco. Indios, no se veían por ninguna parte.

         William Kobe, ordenó anclar y destacó dos vigías a proa y dos a popa para observar el curso inferior y superior del rio donde había anclado. Ya que al entrar por el estuario en medio de la noche, sus adiestrados ojos culpables, habían visto anclado un vapor cerca del puerto que bien podría ser del gobierno y el no quería sorpresas desagradables.

          Bajaron una chalupa y se embarcó con seis hombres, todos armados con los fusiles que estuviera ofreciendo en el boliche unos días antes y al que no había podido volver porque alguien puso en aviso a las autoridades y estas lo esperaban para interrogarlo.

          Su negocio estaba ahí ahora, donde estaban las lanzas.

-¡Remen!, ordenó- y no tengan miedo- prosiguió riendo a carcajadas - tenemos para atender a más de cincuenta indios en estas armas. De hecho, el Capitán de la “Repulse”, aun no tenía idea de a quien se enfrentaba.

           Nacido en el Caribe en algún año cercano al 1820, de madre española y padre irlandés; había llegado tarde al apogeo de la piratería, en donde tal vez hubiera encajado bien y hubo de contentarse con una vida multifacética en delitos, después de fugarse de su casa por haber robado y matado a su propio padre, cuando aún no tenía veinte años.

        De ahí en más su vida transcurrió de zozobra en zozobra y de delito en delito. Pero los únicos indios que él había conocido de cerca habían sido los Apaches y los Comanches con quienes había comerciado allá por Nuevo México. Y los indios que había visto en Buenos Aires, pacíficos y sumisos, no le parecieron de temer al nivel de aquellos guerreros del Norte.

        Seguramente la incapacidad de los militares Sudamericanos agrandaba la figura y la fama de estos, mucho más allá de lo merecido. Encallo el bote en la orilla y bajo con sus hombres, sumamente confiado en el poder de fuego de sus siete fusiles de 16 tiros. Avanzo abriéndose paso entre unos matorrales bajos y desemboco en la quebrada formada por dos dunas salpicadas de arbustos de regular altura.

       Cuando habían hecho unos metros en ascenso, a unos treinta pasos de distancia apareció frente a ellos un indio. Alto, delgado, fibroso y moreno de piel lampiña y lustrosa. Con el cabello largo y negro, abierto y sostenido sobre la frente con una delgada vincha. Apenas vestido con un taparrabos y unas altas botas de potro donde resaltaban unas espuelas de plata. Una tacuara de unos tres metros en la mano izquierda, un facón caronero cruzado sobre su cintura del cual asomaba por delante su mango de plata, arco y flechas sobre la espalda y unas boleadoras de tres bolas jugueteando en su mano derecha.

        Los seis hombres que caminaban detrás de Kobe, se pararon de golpe, sorprendidos, y allí el facineroso Capitán comete su primer error.

-¡Pero qué carajo les pasa!, ¿es que le tienen miedo a un indio mugriento?- Dijo en español, que es la lengua en que tenía pensado entenderse.

- ¡Indio no mugriento, huinca cherehua! – dijo el indio en un entendible español, escupiendo hacia adelante sin que el sorprendido bandido supiera que el salvaje lo había llamado “Perro” en Mapudungun, que para los Mapuches era uno de los mayores insultos.

        Perdón, atinó a decir Kobe, haciendo un gesto conciliatorio con la mano.

-Indio viene a negociar, de parte del gran Lonco Calfucurá, huinca cherehua- Repitió el indio.

         -Sí, sí,  pero pensé que antes íbamos a presentarnos y hablar- dijo Kobe.

- ¡Pulquimilla no hablar con huinca que dice Indio mugriento! - y agregó: indio quiere ver Remington, no hablar.

           El blanco se dio cuenta entonces, que el Pampa que tenía adelante era tan peligroso como un Apache o un Comanche de los que él había conocido, y se maldijo a sí mismo por dentro, por haber sido tan engreídamente estúpido. Mientras tanto el Huiliche lo miraba erguido y desafiante, esperando que cumpliera con el pedido y agregaba:

-¡Huincas, no cullitun (apuntar) al indio con los Remington! ¡No Cullitun!

         Kobe, cada vez más nervioso, se tomo un minuto para pensar. Decidió encarar el negocio, ya que de última el problema lo arreglaba con su rifle. Ordeno a dos de sus hombres que trajeran una caja del bote y a los otros cuatro que bajaran sus armas. Los dos hombres enviados trajeron la caja y la colocaron en suelo entre el blanco y el indio.

-Abrir caja, dijo el Huiliche- Los blancos la abrieron y adentro reposaban dos resplandecientes fusiles. El indio plantó su lanza en el suelo y se aproximo a la caja. Kobe lo detuvo con el cañón de su rifle.

-Un momento dijo- ¡Yo también quiero ver tu mercadería!

        El indio se incorporo mirándolo con odio, emitió una palabra en mapudungun que el blanco entendió como “Domo” y un grupo de mujeres blancas, bien aseadas, arregladas y vestidas como indias, avanzaron hacia el grupo por el mismo camino que había hecho el indio. Dos de los barbaros animales que secundaban al blanco, perdieron el control y se abalanzaron sobre las primeras de las mujeres que se aproximaban al indio.

        Hubo un movimiento felino en las manos y el cuerpo de Pulquimilla y el primero de los blancos recibió un certero bolazo en la cabeza, tras lo cual cayó de rodillas ya sin sentido perdiendo su arma. El segundo se volvió rifle en mano hacia el indio y en ese momento una flecha, le atravesó el cuello casi sin un ruido.

        Los blancos alarmados retrocedieron cargando sus rifles. Se oyó sonar un Cullcull (Corneta de cuerno de los indios) y media docena de indios aparecieron sobra cada médano con los arcos tensados para el tiro.

-Huinca perro, ¿acaso creyó que indios ser estúpidos?- pregunto Pulquimilla.

       Kobe, medito su situación rápidamente. Sus cinco rifles eran rápidos, pero cada uno de ellos tenía dos flechas apuntándole al cuerpo. Podrían matar al soberbio capitanejo, y a uno que otro indio, pero seguramente que todos morirían. Decidió dar por terminada la negociación y ordeno retroceder hasta el rio.

       Se oyó un Ya…Ya…Ya…en la boca del Huiliche y una avalancha de salvajes a caballo, brotó de los médanos. Los cinco facinerosos se encontraron de pronto rodeados de vociferantes guerreros que los amenazaban  blandiendo  sus lanzas, algunos hasta pinchándolos con    ellas y empujándolos con los caballos. Afortunadamente, ninguno de sus hombres se atrevió a usar su rifle.

        Kobe, palideció. Eran más de cincuenta indios los que habían creado un cerco alrededor de ellos. Ya ningún rifle les podía salvar la vida.

       La situación mostraba todo un cuadro: El salvajismo nacido de la ignorancia y el salvajismo incubado en la maldad, enfrentados en un juego siniestro donde la vida y la muerte tenían muy poco precio, y la muerte sobre todo siempre tenía crédito.

-Blanco perro, negociará con indio – Blanco perro, respetara al indio, o blanco perro morirá por el indio-

       La posición era clara y era justa. Kobe maldijo a todos sus ancestros. Como había podido ser tan estúpido, y arruinar así el gran negocio de su vida. Los indios pinchaban con sus lanzas a sus cinco hombres como exigiéndoles que arrojara sus rifles. Kobe, pensó un instante y dio una orden:

-Dejen sus rifles en el suelo y agreguen también el mío- y dirigiéndose a Pulquimilla dijo: - Negociemos, amigo. El indio respondió:

- Indio no amigo tuyo, nunca huinca - Pero accedió al pedido.

       La caja fue puesta abierta nuevamente entre ambos. Allí estaban los rifles. El Huiliche repitió “Domo” y una de las mujeres se acerco a ellos, el indio cerró la tapa y dijo: -decir que dice.

       La mujer leyó lentamente: NEW HAVEN ARMS COMPANY “HENRY”. Y el indio dijo - No Remington, Huinca miente - parándose rápidamente y amagando retirar las bolas de su cinto. 

       Esta vez Kobe, entre calmo y asustado como nunca creyera que pudiera estarlo, pidió ayuda a la mujer para  explicarle al indio que él nunca había dicho que las armas fueran Remington y que estas, los Henry eran mejores y que le pedía que se lo dejara probar. 

        El indio acepto siempre sospechando de él y vigilándolo atentamente. Kobe saco un rifle del cajón, le mostro como accionaba el cerrojo, donde y como iban colocados los proyectiles y apuntando a los arbusto de una duna comenzó a disparar. Recién ahí pudo advertir en el indio una especie de inquietud. Al parecer a ellos no les agradaban las armas de fuego.

        Luego le pidió al Huiliche que lo hiciera él. El indio lo hizo entre admirado y asustado del poder del arma, mientras sus Conas lo festejaban con gritos. Y luego se lo entrego diciendo:

-Quiero ver Remington y balas.

        Bien dijo Kobe, ya más tranquilizado por como avanzaban las cosas. Pero no olvidó su condición y dijo:

-Indio probó rifle - Blanco quiere probar mujeres- Parodiando la forma de hablar del Huiliche. Vio una clara mirada de odio en los ojos del indio que dijo:

Huinca ventajero no engaña indio. Rifle solo indio, mujeres solo tú. Indio mata a otro que toque mujeres.

        Kobe aprobó asombrado la posición del indio, por su astucia y su agudeza

       Pulquimilla eligió tres entre las cautivas, para que lo acompañaran hasta el barco. A las desdichadas les tocaba satisfacer la lujuria del desagradable animal blanco. Kobe, transpiraba debajo de su chaqueta, iba a tener la mejor parte, pero no podía dejar de pensar en lo frágil que sentía su cabeza.

        Se acercaron al bote. El indio dijo:

-Tres huincas se quedan, tres indios vienen-

      Kobe se vio obligado a aceptarlo. Dejaba un hombre aun desmayado o muerto por el bolazo recibido en la cabeza. Uno muerto por la flecha que tan certeramente le atravesara el cuello y tres hombres desarmados en clara situación de rehenes del indio.

       Mientras remaba hacia la Goleta, junto con su único hombre, se prometió no menoscabar jamás a otro indio Pampa. Cuando estuvieron sobre cubierta, Kobe destaco un hombre para que lleve al capitanejo abajo y le muestre los rifles y las municiones, con la especial recomendación de no lo molestara ni lo contradiga. La misma cara de Kobe, quien actuaba y hablaba como si caminara sobre brazas encendidas, puso en situación al hombre, de lo que estaba pasando.

        Kobe se introdujo por una puerta con las tres mujeres, y el indio destacó en esa puerta los tres hombres que traía, siguiendo al marinero hacia la sentina, acompañado solamente de la mujer que leía.

        Mientras bajaban, Pulquimilla colocó a la mujer entre él y el marinero, que al acrecentarse las penumbras del interior, advirtió al indio que no podía prender ninguna lámpara ahí abajo por el peligro de la municiones. El indio asintió, pero desenvaino su enorme facón caronero, exhibiendo una hoja brillante que superaba los sesenta centímetros.

        Cuando sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra. Advirtió entonces la pila de cajones firmemente asegurados en el medio del buque. Había bastidores de madera clavados cruzando las cajas que llegaban de estribor a babor y todo el grupo  sujeto por una especie de red y muchas sogas. Una estiba bien asegurada como para afrontar la furia del atlántico con tranquilidad.

        Pidió al blanco que abriera una caja que señaló con el cuchillo y ante la duda del mismo, lo señaló a él. El marinero resoplando y rezongando intentaba soliviantar la red para cumplir el pedido. El indio dio un certero golpe con el facón y la cortó. El blanco abrió la caja traspirando. Así fue verificando a elección varias cajas de fusiles y de munición, que por su posición podrían abrirse. El blanco dijo:

-Vamos a tener que arreglar la red, quedó toda rota- El indio lo miró y parsimoniosamente dijo:

-Indio tendrá que arreglar mujeres y no queja.

       Cuando subieron a cubierta, caminó directamente hacia la puerta donde se había metido Kobe y pateándola enérgicamente dijo:

-Indio terminando. Blanco saliendo.

       Kobe se asomó por la puerta entreabierta y dijo:

-Todavía no, me falta una- Y el indio encrespado y apuntándole con el facón le contesto:

- Indio no probar todos los fusiles. ¡Salir ya o saca indio!

        En minutos, Kobe salió refunfuñando por la puerta seguido por las tres cautivas, dos de las cuales tenían las ropas desgarradas y los ojos llorosos.

       El indio miró al blanco con profundo desprecio y dijo:

-¡Huinca Cherehua! Y agregó: Dando un fusil a indio. A lo cual el blanco contesto contento:

-Bueno entonces me quedo con las mujeres, y los ojos le brillaron de lascivia mientras las tres mujeres bajaban la cabeza como rezando. El indio agregó:

-Y un cajón de tiros- A lo cual el blanco protesto diciendo:

-¡Un cajón no! – Ante la furia del indio que dijo:

-Huinca usar mujeres mucho más que Mari Caiú (Diez y seis), indio también usar rifle mucho más.

        Kobe pensaba desesperadamente como explicarle al indio que no había un cajón de municiones para cada rifle, que esa no era la relación de la carga que tenía. Y apeló a la mujer traductora que estaba con él para que se lo explique. Sobre todo pensando en que este mismo maldito indio no vaya a pensar que lo traicionaba cuando hicieran el trueque. El pirata se había equivocado de entrada y ahora sentía en todo momento que estaba frente a una cobra escupidora, tratando con Pulquimilla.

       Cuando la mujer logró explicarle al indio, lo que el blanco decía. El indio miro a Kobe y pregunto:

-¿Cuantos tiros lleva el indio?

- Seis cajas -No cajones- dijo el blanco. El indio que había visto las pequeñas cajas de cartón donde se fraccionaban las municiones adentro del cajón, contesto:

-Entonces indio deja solo dos mujeres- y agarrando del brazo a la mujer que todavía no había sido tocada por el blanco la separó de las otras dos, que lloraban en silencio.

        Kobe estuvo a punto de protestar. Después pensó que hacía mucho que no tenía una mujer permanente, y ahora iba a tener dos, aunque se viera obligado a prestarlas a veces. La vida que llevaban sobre el barco era dura, un poco de jolgorio y descanso no les vendría mal mientras esperaban que se hiciera el mejor negocio de su vida. Y así terminaba de tratar con esa serpiente que tenía enfrente y a la que por primera vez en su vida reconocía tenerle miedo. El indio le había ganado en el negocio, pero tal vez la próxima vez viniera otro y el pudiera resarcirse. Al menos ya había aprendido lo que era un indio pampa, y trataría de no volver a equivocarse nunca más con ellos. Asintió estirando una mano, que el indio ignoró por completo.

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          La Repulse abandonó silenciosa y subrepticiamente la boca del Rio Negro en medio de la noche y la tormenta, conducida por la pericia del piloto y llevada por la corriente. Cuando estuvieron en aguas profundas, Kobe desplegó algunas velas y la goleta surcó las aguas ágilmente en dirección al Sur adonde buscarían una Cala, Bahía o Ensenada donde refugiarse y esperar el momento del trueque. El podía elegir el lugar ya que el indio le aseguró que ellos sabrían donde estaba y allí lo buscarían. A Kobe le costó entender esto, hasta que la mujer blanca le explicó que los “Bomberos” (Indios de vigilancia) Tehuelches o Patagones mapuchizados que habitaban esas latitudes se encargarían de encontrarlos y darle aviso a Calfucurá de ello. Pensando en la enormidad de esas latitudes, recién Kobe se dio cuenta de la magnitud que tenía aquello a lo que se estaba enfrentando. Dio instrucciones al piloto y se preparó a disfrutar de lo que quedaba de la noche en compañía de las dos cautivas negociadas. Se introdujo en su reducto riendo. De haber sabido lo que estaba sucediendo en el Atlántico a pocas millas náuticas de él,  esa noche no hubiera reído.

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       La “Etoile”, gallarda fragata francesa de 44 cañones se aproximaba por el atlántico a las costas de la Patagonia. Traía a bordo a Orellie Antoine de Tounens (El Rey Aurelio), como se lo llamaba jocosamente en algunos círculos de Buenos Aires. Este aventurero había llegado por primera vez a Chile en 1858 y, aprovechando la existencia de una profecía entre los indígenas (Tal cual un nuevo Hernán Cortez) había obtenido el apoyo de Kilapán, jefe de una importante confederación de tribus, y en noviembre de 1860 se hizo nombrar Rey de Araucanía proclamando la constitución de su reino y anexando a él, gran parte del territorio patagónico. Capturado por el ejército chileno en 1862, fue enjuiciado y, por influencia de diplomáticos franceses, declarado demente y remitido a su país. La “Etoile” lo traía de nuevo hasta las costas patagónicas en misión secreta, desde donde, con ayuda de los indios pensaba trasladarse otra vez hasta Chile.

       Calfucurá sabía esta historia y ella le confirmaba que la avaricia de los blancos por las tierras indias no estaba sujeta solo a los blancos de Argentina y Chile. Lo que el gran Lonco no sabía, era de este regreso y cuanto pesaría esta fragata francesa sobre sus propios planes.  

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         Se aproximaba el mediodía. El sol llegaba al cenit, sobre la Ensenada donde permanecía anclada y serena la “Repulse”. Las dos cautivas dormían ahítas más de desagrado y dolor que de disfrute. Varios animales blancos roncaban satisfechos colmados de Ron o Rhum, sus últimos apetitos.

        Kobe, que dormitaba estirado en un camastro entre borracho y ahíto, sintió de pronto un estampido suave como el disparo de un falconete; pero lo suficientemente fuerte para esas soledades patagónicas. Embargado de una inesperada inquietud, salto del camastro y corrió hacia la escalera mientras trataba vanamente de despertar a gritos a sus hombres.

         Salió a cubierta mirando hacia las elevaciones de la costa, pensando en una partida militar con artillería de campaña, aunque era algo improbable en esas latitudes. Mas cuando al no ver nada giró la cabeza hacia el mar, descubrió algo que también era improbable, pero estaba ante sus ojos. ¡A tiro de cañón se hallaba anclada una fragata francesa! El falconete en horquilla todavía humeaba cuando la observó con el catalejo.

       La desesperación lo invadió y se lanzó bajo la cubierta, despertando a golpes y gritos a sus idiotizados hombres, que no terminaban de entender que sucedía.

       En la fragata Francesa el Capitán extendió nuevamente su catalejo a su máxima distancia y se lo entregó a su contramaestre.

-Regardez – dijo -  j'ai lu Repulse ¿et vous? (Yo leo Repulse ¿y tu?)

-J'ai également lu les mêmes- señor  (Yo también leo lo mismo)

Par Dieu, finit par le prendre! (Por Dios, al fin lo atrapamos)

         Era la “Repulse”, Goleta pirata buscada por Inglaterra, España, Portugal y Francia. Con todos esos países, Kobe -el capitán- un norteamericano, tal vez nacido en el Caribe de un padre aventurero, tenía alguna deuda. O había robado armas o tabaco, azúcar o artesanías, en distintos puertos. Al mismo Capitán de  “La Etoile”, Kobe le debía una tropelía hecha en Marruecos. El francés sonreía. Cuando menos lo esperaba, al fin lo tenía. 

         Kobe, consiguió llevar tres hombres semidormidos a cubierta y a gritos y azotes dio ordenes de levantar el ancla y subir velas.

         El Capitán francés sabía que no debía permitirle a Kobe tomar el mar abierto, una goleta con fama de ligera como “La Repulse” podía alcanzar hasta 17 nudos con buen viento. El no iba a permitir que se le fuera. Cuando observó subir las velas dio su primera orden.

-Une partie du coup de semonce tribord- (Pieza de estribor uno, disparo de advertencia.)

       Tronó el cañon y Kobe pudo ver la bala penetrar en el agua a pocos metros adelante de su proa en la misma línea de marcha de la goleta que ya estaba en movimiento. Debió haber ordenado arriar las velas o subir una bandera blanca. Pero en medio de la sorpresa y la rabia no atino ha hacer lo que correspondía. Solo grito :

-¡En la misma línea, nos tiene medidos!

        El Capitán de la Etoile dio su segunda orden:

Batterie pont tribord, feu le navire ! (¡Batería del puente de estribor, fuego al navío!)

        El ruido simultaneo de los diez cañones del puente de estribor de la Fragata, atronaron en el silencio de la mañana. Lo único que pudo apreciar Kobe fue ver que el palo mayor de la goleta volaba por el aire, luego, una atronadora explosión  reventó al Barco que se  dispersó en fragmentos por la Ensenada. La “Repulse”   había encontrado su imprevisto final en un certero impacto sobre su secreta carga.

         La tripulación de la  “Etoile” se miraba sorprendida. El Capitan solo dijo:

- ¡Crap moins sur l'Atlantique!  (Una basura menos sobre el Atlántico)

Desde una elevación cercana, un grupo de Puelches, observaban asombrados la desaparición de la Goleta

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         Calfucurá fue avisado por sus “bomberos” de que Pulquimilla y su grupo se hallaban a pocas leguas. Y también fue advertido de que al parecer, su Capitanejo había tenido éxito. El tenía confianza en ese Cona y sus mocetones, quienes le obedecían ciegamente, tal cual el Cona lo hacía con él. Eran todos Huiliches, era “su gente”. Pero había tenido mucho recelo por los blancos del barco. Los sabía astutos y capaces de las peores fechorías y por un momento, tuvo  temor de que el mocetón fuera engañado.

         Cuando desde su ruca, vio aproximarse al grupo con casi todas las cautivas y a Pulquimilla con un brazo extendido y un rifle reluciente en su mano; Sintió que su corazón latía más fuerte, estaba en el principio de un gran cambio. Su capitanejo echó pie a tierra, frente a él con una sonrisa en su rostro y un orgullo no disimulado en sus gestos. Podía decirle a su gran lonco que había triunfado. Calfucurá creyó verse a sí mismo en el mocetón, tal cual fuera él en la Araucanía hacía ya muchísimos años, Se estrecharon en un abrazo.

         Ya en el toldo, el Cona le extendió el rifle a su “Chao” (Padre, jefe, conductor de la nación Mapuche). Calfucurá lo tomó en sus manos en silencio y comenzó a revisarlo. Pulquimilla se lo solicitó con respeto y al tomarlo en sus manos le demostró al gran jefe cómo funcionaba: Hacía como que disparaba, jalaba la palanca y el arma expulsaba el proyectil (La supuesta vaina de un proyectil usado), introduciendo un nuevo proyectil en la recámara y así se repetía el proceso durante dieciséis veces. Los proyectiles se guardaban en el cañón inferior pegado al caño de disparo y eran de calibre 44 (11 mm).

-“Uchaima”, Uchaima – Repetía Calfucurá (En verdad, grande)

        Mientras el mocetón le explicaba, que desde hacía tres años, ya no se llamaba “Henry”, sino “Winchester” y que este aún era mejor.

-Si los huincas obtienen esto, estamos perdidos, debemos hacer el trato rápido – Dijo el gran Lonco- y agregó: ¿Donde están los blancos?

-En algún lugar de la costa del “Buta Lauquen” (Gran Lago) – dijo el Capitanejo – Nuestros hermanos Poyuches los están siguiendo. Ellos sabrán donde.

- No tenemos que perder tiempo. Apenas me digas que tienes todo listo sales hacia los toldos de Sayhueque con 50 Conas elegidos. Llevas el arma y le explicas lo que yo voy a explicarte ahora, de mi parte-

       Se aproximó a un rincón desde donde regresó con unos cueros que depositó sobre la mesa. A la usanza india, sobre cada uno de ellos estaban marcados médanos, guadales, montes y aguadas. Y entonces, mientras indicaba, siguió hablando:

-Vamos a asaltar Bahía Blanca para conseguir lo que necesitamos y luego vamos a hacer nuestra propia línea de defensa, así como la hacen ellos. Dijo

       Marcó un triangulo sobre el cuero, cuyos puntas tocaban Carhué, Salinas Grandes y Bahía Blanca. Y luego agregó:

-Carhué  es la puerta de entrada  al territorio indio, nunca hay que dejársela al blanco. Custodiaremos este territorio y también este – dijo marcando otro triangulo esta vez invertido que era Bahia Blanca, Choele Choel, Patagones.

-Debemos tratar de controlar el Rio Negro y su entrada porque por allí comerciaremos con los blancos que nos traigan armas. Yo se que Sarmiento ha prometido traerlas y lo hará, para aplastar a sus enemigos huincas primero y después a nosotros. También traerá barcos. Si Sayhueque comprende, controlaremos el Rio Negro desde el lago grande a las montañas. Para los huincas, pasar el Colorado tiene que ser mortal y que Catriel y Coliqueo se queden con los blancos no más, de a poco van a pagar.

        También tenemos que vigilar a Mariano a Ramón y a Baigorrita, ese Coronel Mansilla en el Rio Cuarto no me gusta.

-¿Por qué, es muy toro? - Intercedió por primera vez el Cona.

- No sé si es toro – pero los indios dicen: Ese coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, no engañando nunca pobre indio”. Eso es lo que no me gusta, podemos perder a Mariano. Y lo peor sería que se uniera a Catriel y a Coliqueo a favor de los Huincas. Pero esperemos; es hijo de Paine y nieto de Yanquetruz, eso sería “Hualichu” y “Caichú”. (Brujería y diarrea)

        Pulquimilla disfrutaba el orgullo que sentía, al ver que su gran Chao, le confiaba sus planes a él, cuando el Toqui, de Salinas grandes, comenzó a dar órdenes: Se dirigió a dos Conas que estaban por allí sentados y atentos y dijo:

- Que vengan: Mis hijos Manuel Namuncurá, Alvarito Reumay Curá, Melicurá  y  Pichi Namún Curá.  Los otros todavía no me hacen falta. Y los Capitanejos: Linicop, Pichum, Espuñán, Quintriel, Alaipo, Leuqui, Ñancucheo y Blanqui - Y agrego: y el  Ranqueluche, Alonso.

        Había llamado a cuatro de sus trece hijos que estaban en acción y a casi todos los Capitanejos de confianza, incluido uno Ranquel. Pensaba en eso el Cona cuando el Toqui agregó:

-Déjame el rifle un rato y mientras tanto te vas preparando. Yo voy a hacerte  elegir  a los Conas que llevarás. Además de tu gente, te acompañara algún hijo mío y algunos Capitanejos.

         Pulquimilla  supo  así  que su segunda misión sería más importante aún que la primera, que había cumplido con éxito. ///

 

 

La frustración del personaje principal ante la diferencia de apreciación de parte de su gente sobre la relación con los blancos y el futuro indio.

   

 

SALINAS GRANDES  

Finales de1870

 

Calfucurá entró al toldo murmurando y moviendo la cabeza en gesto de negación.

- Sayhueque, Sayhueque – Repetía.

-Rechazó la invitación -  Y tiene 5000 lanzas que le obedecen. Me dicen que estaba  conversando con un blanco extranjero y ni le prestó atención a la propuesta. Sin sus lanzas no puedo con Bahía Blanca. Muchos Remington, muchos hombres de pelea. Con sus lanzas, me quedo con Bahía blanca, sus Remington, sus cañones, sus caballos, su ganado. Los blancos extranjeros vendrán  por cueros y mujeres, negociaremos. Y esos mismos blancos nos ayudaran por interés. No nos faltaran armas, ni dinero. Nos haremos fuertes.

-No se dan cuenta – Quieren integrarse al mundo de los blancos. Y no estaría mal –si se pudiera-. Si entre los Loncos Blancos, la mayoría lo quisiera. Pero no es así. Los Loncos blancos nos quieren muertos. Por muchas razones nos quieren muertos, o al menos esclavos, sometidos.

-Solo nos queda unirnos para resistir, ser audaces, correr riesgos, y aún así, será cada vez más difícil con el tiempo. El ingenuo de Sayhueque, Catriel, y el traidor de Coliqueo, todos ellos, pagarán caro su pretensión de querer pertenecer al mundo de los blancos. Deben hacer como hacía Pincen; resistir, resistir. Epumer y Baigorrita están de paz, han hecho tratados. Está bien, están haciendo tiempo, pero ellos saben tan bien como yo que la fuerza solo se detiene definitivamente ante la fuerza. Los blancos saben eso, lo practican todo el tiempo. Nosotros debemos unirnos para tenerla. Debemos buscar la forma de obtener sus armas y aprender a usarla contra ellos. Se de tierras lejanas donde aún así, nuestros hermanos han sido muertos. Los blancos tienen muchos recursos que nosotros no tenemos. Y son cínicos mienten siempre. Nosotros también debemos mentir y hacernos fuertes.

-No hay Loncos blancos con su gente entre los indios, peleando contra los blancos (Muy pocos), y si hay Loncos Indios con su gente entre los blancos, peleando contra los indios (Muchos). No se dan cuenta…No se dan cuenta.

-Son gente mala-

- No, no es un tema de malos y de buenos…Entre los blancos también hay gente buena, o que a veces actúa bien; El tema es de fuertes y de débiles: Ellos son fuertes, y nosotros también debemos serlo, sino, no negociaran con nosotros. Yo sé como negocia el blanco. Si no tenemos fuerza, nos aplastarán, seremos derrotados, cautivos, vencidos, y entonces…

¡Hay de nuestra raza!  ///

 

 

El final de un Rey de hecho de las Pampas Argentinas, durante cuarenta años, pormenores.

 

 

LA MUERTE

1873

 

      Y Calfucurá dijo:

     “Ya no me alegra hacer guerra. Siempre que yo salía, me brillaba en el cielo el Uelu nitrau, que ilumina no más al amanecer y al atardecer. Siempre me brillaba, y hacía lucir más coloradas las caras de mi gente, pintadas con kolo.

       Pero esta vez se me ocultó el Uelu nitrau. Me voy al Este ahora, a visitar un amigo en la Argentina.

       Me han derrotado, todo perdí. He perdido la fuerza, que yo creí que nunca se acababa. Los guerreros perdí, que eran tantos.

      Quiero ir al Este. Quiero hacer paz al lado de mi amigo, que no vamos a ser enemigos, aunque siempre peleamos. Me estoy poniendo viejo”…Y murió.

 

      La enorme multitud, estaba satisfecha. Se habían faenado buenos animales y preparado buena chicha y buen vino en cantidad suficiente para la celebración. Los discursos de los cercanos al difunto, sin pena, sin llanto, ni dolor, como correspondía despedir a quien se iba para un lugar bueno, donde no iba a sufrir, aun vibraban en la lengua mapudungun (El hablar de la tierra)

      Acompañaban a Calfucura a su nueva situación; sus ponchos, sus armas, su platería, sus mejores caballos, y sus mejores mujeres, elegidas por el Machí. También, varias de sus cautivas Huincas preferidas y con ellos, más de veinte botellas de Anís y de Ginebra, para amenizar la espera o el camino que se avecinaba.

       El Tun cahuín (Entierro), llegaba a su fin. El cadáver del que fuera hasta  ayer “El Rey de las Pampas”, fue sacado de la Ruca donde aguardaba, manteniéndolo en forma horizontal, con la cabeza hacia el poniente y los pies hacia el saliente. De la misma manera en que sería enterrado.

       Los hombres lo transportaban ceremoniosamente, hacia un médano cubierto por la arena del desierto que supo dominar, en cuyas profundidades se había excavado y construido una Huaca con madera de Caldén, el árbol de tronco violáceo tan duro como el paisaje y tan dominante como aquel que iba a albergar.

      Calfucura (Piedra Azul), emprendía así un último viaje. Había caminado sobre las Pampas 108 años.

       El Chelmamull (Estatua de madera con forma humana), se colocó sobre la tumba, mirando hacia el este al igual que lo hacía el cuerpo.

       Y yo, que también estaba preparada para partir, no tenía claro por qué el Machí no lo había determinado así. Sin saber si lo hacía con miedo, con resignación, con orgullo, o hasta con amor; ¿Por qué no?

       Después de todo, yo había sido una reina. “Una Reina sin corona”. Una Emperatriz no reconocida de un imperio con límites en continuo movimiento; Como una serpiente deslizándose sobre la enorme Pampa solitaria.

Con miles de hombres y mujeres que obedecían, vivían y morían, apareciendo  y desapareciendo con la misma rapidez e indiferencia.

Un imperio, cuyo mayor distintivo era la muerte, representada por la sangre de dos razas enfrentadas, que no dejaría de verter sobre la tierra, hasta que una de las dos fuera definitivamente derrotada.

Un imperio sin trono, o tal vez - si lo hubo - … fue “Un trono de Lanzas”.

 

 

El Epilogo, cuando el autor agrega sus conclusiones sobre la historia y su trabajo.

 

 

EPILOGO

 

           El gran Lonco de las Pampas, había muerto, y con él la única posibilidad de los indios, si es que alguna tenían. La gran disputa ocasionada después de su muerte por la sucesión del mando – que al final retuviera su hijo Namuncurá – demuestran de alguna manera la importancia de su persona como cabeza de la indiada. Ya sea por su inteligencia, su astucia, su coraje, su oratoria, su magnanimidad, su obcecación, o su aureola de invencibilidad, atributos estos que le permitían negociar con el blanco en un plano de igualdad: de poder a poder.

           Muy lejos -en el exilio-, el hombre blanco que tanto se le pareciera (Tal vez por eso se entendieron y se respetaron tanto tiempo), sólo lo sobreviviría cuatro años; Muriendo cómo él, vencido, después de haber tenido todo el poder.

          Con la muerte de estos dos hombres, se terminaba una época y tal vez en los dos casos, una aspiración. El supuesto “Federalismo” y la supuesta “Nación India”; O tal vez, ambos supuestos sobrevivan y convivan disfrazados por la historia y el presente.

          Lo cierto es que algunas apreciaciones del Lonco, fueron proféticas: Después de su muerte el General Roca, comienza su campaña de “Conquista” del desierto, cuando en realidad ya había muy poco por conquistar. Si quedaba mucho para depredar, y así lo hicieron.

         Y una muestra inobjetable de ello – Entre muchas – es el avance encubierto del Coronel Napoleón Uriburu en Neuquén sobre las tierras gobernadas por el Cacique Sayhueque, nombrado por el mismo Roca “Gobernador de las Manzanas”.  Un indio que a pesar de disponer de 5000 lanzas a sus órdenes, era pacífico, con claras y firmes ideas de integración con el blanco y profundamente argentino. Hay evidencias históricas muy claras de esta actitud.

          Amigo personal del Perito Moreno, con quien colaboró en su trabajo y de cuanto viajero blanco llegaba hasta sus toldos; Este Lonco fue avasallado y obligado a pelear sin quererlo hasta terminar rindiéndose con 3000 hombres a su mando, casi la misma cantidad con que Calfucurá peleó su última batalla.

         Quien sabe que hubiera pasado si Sayhueque hubiese aceptado las banderas Chilenas, cuando le fueron ofrecidas (Que el rechazó indignado). Tal vez Uriburu y Villegas luego, hubiesen tenido que pelear no solo contra los indios, sino también contra el ejército o las armas Chilenas en forma abierta o encubierta.

          No olvidemos que eran territorios aun no incorporados o no controlados efectivamente y que una prueba concreta de ello la da el hecho de que fuera Sarmiento durante su exilio en Chile, quien azuzó a los chilenos a apropiarse del Canal de Magallanes. ¿Que se le hubiera podido reprochar a Sayhueque si lo hacía en defensa de su libertad, y del patrimonio de su gente?

          Un indio digno, que fue atropellado, vencido y humillado. Y así  expuesto en Buenos Aires para distracción de los necios, sin justificación alguna. Y muchos de sus cercanos colaboradores terminaron siendo piezas curiosas en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

          La cínica justificación para el atropello y el abuso realizado, sin duda alguna quedo enmarcada dentro de la frase de un hombre complejo como Sarmiento: “Civilización o Barbarie”; ¿Pero no deberíamos justificar al Malón, por el mismo concepto?

         De todos los caciques renombrados, el que tal vez tuvo la mejor suerte fue el Boroga Coliqueo, quien -no sin esfuerzo- logró obtener tempranamente un territorio y ciertas garantías para su gente. (Posteriormente avasalladas y fagocitadas en gran medida por los blancos)

          Los demás, con la excepción de otros pequeños asentamientos generalmente en tierras malas, fueron condenados a la esclavitud, recluidos en la isla Martín García, o muertos.

          Y así: Las palabras del Lonco Calfucurá quedan vibrando en el aire… “No entienden…No entienden”

          Nuestros Generales, tenían seguramente conocimiento de ciertas frases  que luego pasaron a la historia, como: “El único indio bueno, es el indio muerto” (Philips O Sheridan, general de los Estados Unidos) o       “Es simplemente imposible para los indios obedecer o entender cualquier tratado. Estoy completamente satisfecho con la idea de matarlos para tener paz y tranquilidad en el estado” (John Chivington, Coronel del mismo país)  

       La historia de los imperios o el imperio de la fuerza se repite desde el origen de los tiempos.  No hay muchas diferencias en los objetivos de los hombres del Gengis Khan, Atila, Saladino, Ciro, Cesar o Alejandro.

      Y América no podía quedar al margen de esto, ni los Siux, ni los Cheyenne, ni los Apaches, ni los Guaraníes, ni los Charrúas, ni los Tobas. Y no importó mucho que los aztecas tuvieran un preciso calendario, ni que los mayas conocieran la rotación de Venus o que los Incas fueran expertos en hidráulica.

       No importa, eran “Salvajes”, como otros antes fueron “Barbaros” o “Infieles”, por dos razones importantes: Porque tenían mucho y valioso territorio bajo su control para usufructuar y pocos, muy pocos medios para evitarlo, a medida que transcurría el tiempo.

        POR QUÉ IBAN A QUEDAR, “LOS PAMPAS”.   (PLE)

 

 

Títulos de otros capítulos, cuya investigación esta terminada, pero la elaboración no terminó.

 

 

LA CRUZ, EL SABLE, Y LA LANZA.

Capitán Rufino Solano

 

UN  NAPOLEÓN  ENTRA  AL  PUEL  MAPU

Calfucurá entra al territorio argentino en 1833 y su primera acción es:

exterminar a la competencia (De lo que no es el único culpable)

 

 ¡UN NOMBRE ODIADO EN LAS PAMPAS!

Federico Rauch, militar Prusiano. (El inventor del Maloca)