Volver a Cuentos

PEDRO LAPIDO ESTRAN

LOS GNOMOS

LOS GNOMOS

Ciudad de La Plata,

un 21 de Septiembre del año 1996

         El reloj, levemente inclinado sobre su muñeca izquierda, indica las tres y media de la madrugada de un veintiuno de Septiembre. El hombre suspira, abandona el bolígrafo que estaba utilizando, se saca los anteojos y frota su cara con un pañuelo tratando de absorber la transpiración que la cubre. Mueve sus brazos hacia atrás en un intento de liberar su espalda de la imaginaria carga que lo molesta. Gira en círculos su cabeza sintiendo como crujen las vértebras de su cuello; bosteza y su visión se empaña.

                 Está satisfecho. Siempre lo está cuando llega a la etapa final de un trabajo. Es como si brotaran flores de su cansancio. Ha puesto punto final a una novela después de diecisiete años de elaboración. Tanto ha esperado, que ya no encuentra razón para la euforia ni el festejo; sólo ha terminado.

               Ahora tendrá que transcribir a máquina unas quinientas páginas; corregirlas, registrar la obra y luego buscar una editorial que quiera considerarla. Sonríe: Aún queda tanto por hacer que el tiempo transcurrido pierde su valor, ante el que todavía necesita. Ha cumplido cincuenta años y estos le pesan, más que nada en espíritu donde ostenta mayores cicatrices. Este es otro desafío en su difícil vida, ya se sabe poeta, lo reconocen y se reconoce como tal, pero meterse a novelista...

              Un leve ruido en el estante de una biblioteca que está a su derecha, lo saca de sus cavilaciones. Su perro, que hasta ese momento descansaba plácidamente en un sillón cercano, miraba ahora fijamente hacia, el mueble con las orejas erguidas.

              Tres pequeños seres que podrían pararse en la palma de una mano, lo estaban observando. No se asombra, vuelve a sonreír pensando en la gente que le ha preguntado y aun pregunta por qué tituló a su primer libro de poesías, "Mis Gnomos". Sus respuestas siempre mencionan una intención alegórica y suele hacer referencias a la mitología Nórdica y al folklore Paraguayo para satisfacerlas. Cómo podría decirle a alguien sin que lo creyera loco, que lo tituló así por sus visitantes de la noche, esos pequeños que sólo él y su perro pueden ver y oír en la casa desde hace tantos años. Tantos, que ya no se planteaba interrogantes como lo hacía al principio cuando se preguntaba si él y el can eran dueños de un sexto sentido que los demás no poseían.

               Esta vez, sólo han venido tres: Krool, el Patriarca ante quien normalmente los demás se subordinan; quien lo mira inquisidoramente mientras repasa su barba con su mano izquierda. Ploof, a quien le cuesta acomodar su gordo cuerpo entre los libros y Bebeel, el más joven y travieso de cuantos lo han visitado.

- ¡"De modo que han vuelto"! - exclamó suspirando.

- ¡"De modo que has terminado al fin tu novela"! - replicó Krool, desapareciendo de la biblioteca y apareciendo sobre el escritorio.

               El cambio de lugar fue tan rápido que sorprendió al escritor; quien todavía no sabía si los Gnomos se desmaterializaban o se trasladaban, cuando cambiaban de lugar.

- Así es, he terminado. - atinó a decir.

-¡ Con diez años de retraso ! - intercedió Ploof, quien también se había trasladado en una fracción de segundo.

- Bueno, ustedes saben; El trabajo, la familia - contestó como justificándose.

- ¡ Un cuerno! - dijo Krool con gesto adusto. 

 - El trabajo, la familia; son accidentes variables. La obra que debe realizar un hombre, es parte de un plan cósmico y no puede postergarse.

- Cualquiera pensaría oyéndolos, que acabo de terminar la Divina Comedia - les respondió riendo.

- Ni divina, ni comedia - insistió Krool - Pero lo que te hemos hecho decir en esta obra, ya debería estar leyéndolo la gente.

- ¡ A claro, como es tan fácil ! - Sólo se trata de llegarse hasta la editorial mas cercana y decirles: "Señores aquí traigo esta novela y como me la dictaron Los Gnomos, tienen que editarla de inmediato". Total, ¿ Qué puede pasarme ?,"que me encierren por loco, nada mas".

- No te hace falta ser irónico - Dijo Ploof - Y mucho menos histérico. Además nosotros no te hemos dictado nada, solo te hemos sugerido, advertido, informado..

-Y acompañado - agregó Krool - Cuando estabas muy solo; Como aquella noche cuando llorabas en la oscuridad, bajo la lluvia... Era la víspera de tu cuarenta y ocho cumpleaños

¿ Recuerdas ?

           Si, el recordaba y con los recuerdos asumía que tal vez fuera un hombre esquizoide o realmente un hombre solitario y se preguntaba si el perrito pintado en cartulina que recibiera de regalo aquel día, cuando pensaba seriamente en la muerte, no habría sido inspirado por ellos para salvarle la vida.

No quiso discutir mas, prefirió seguir exponiendo excusas:

- Pero... los.. hijos - Balbuceó

- Los hijos, no son tus hijos; son hijos de la vida - Replicó Ploof airado.

- Si, ya se lo dijo al mundo el poeta Khalil - Se atrevió a responder.

- Y a Khalil, se lo dijimos nosotros antes. Sólo que él lo comprendió, tú no - Dijo Krool señalándolo con un dedo.

- Pero... yo los traje a este mundo - Vaciló el escritor.

-¡ Ji, Ji, pregúntales si quieren irse ! - Dijo Bebeel parodiando una risa e interviniendo por primera vez, mientras metía la mano en la azucarera que estaba sobre el escritorio y se chupaba uno a uno los dedos.

              Krool, extendió su mano con la intención de asestarle un golpe, diciéndole:

-"Tú cállate"- Pero Bebeel ya había desaparecido del lugar y aparecido sobre el tubo del teléfono adonde se sentó y quedó en silencio.

-¡ Dios los trajo a este mundo, no tú ! y podía haberlo hecho en otro lugar de la tierra. Ellos tienen que agradecerle a Dios por ser tus hijos y no los de un hambriento Somalí. Si ellos no pudieron elegirte como Padre, tu tampoco pudiste elegirlos como hijos. ¿ No te gustaría acaso que fueran diferentes ? - Concluyó preguntando Krool.

- Tal vez, ¿ Pero quién me asegura que no son la consecuencia de la educación que yo les di

- "Bah" - Vociferó Ploof - si tus hijos llegasen a ser brillantes y exitosos, jamás los oirás decir que fue por tu mérito, pero tú, tú.

- ¡Tú, serás lo que debas ser o sino no serás nada - Interrumpió Krool.

- Creo haber escuchado eso también - Dijo el poeta riendo.

- Sí, pero quien lo dijo nos hizo caso cuando se lo enseñamos.

- Cualquiera diría que son un poco soberbios - se dijo el escritor

- "¡ Te queda poco tiempo para ser y mucho menos para disfrutar lo que logres !".

Hablaron los dos juntos y callaron al mismo tiempo. El escritor se quedó observándolos: Desde que habían aparecido en su vida, el había aprendido mucho de ellos; pero todavía no podía definirlos. Ha veces le parecían seres sensitivos y buenos, otras; perversos e indiferentes. No sabía si esto era porque ellos eran cambiantes o porque su invariable objetividad los hacía aparecer así.

- Bien, si quieres desperdiciar lo que te queda de vida, allá tú - Prosiguió Krool.

- ¿ Es que no me queda mucho, tal vez ? - Preguntó. 

- ¿ Quieres saber exactamente cuanto ? - Indagaron los dos juntos otra vez.

- No, no. No hace falta - Contestó.

- De cualquier manera nosotros te lo diremos un minuto antes - Dijo Krool muy formal.

- ¡ Ah, pero "muchas gracias" ; Son ustedes muy generosos ! - Dijo el poeta riendo.

- Humm, no tiene importancia - Replicó el Gnomo sin abandonar su momentánea formalidad.

- ¿ Dinos que piensas escribir ahora ? - Preguntó Ploof.

- Bueno, había pensado en comenzar con una segunda parte de la Novela; ya realicé el plan de trabajo.

- No es necesario, el mensaje está muy claro en lo que has escrito.

- Entonces, no sé, no se me ocurre... no tengo deseos de escribir poesía, no sé.

- ¡ Cuentos, escribe cuentos ! - intervino Bebeel.

- "Es buena idea" - Dijeron Krool y Ploof al mismo tiempo, agregando:

- "Nosotros vendremos a ayudarte" -

- "Te contaremos historias" - Insistió Bebeel, contento de que hubieran aceptado su idea.

                 El Poeta se encogió de hombros, resignado.

- Bien, te sugeriremos algo en una próxima noche - Dijo Krool.

- Y volverás a vernos cuando termines el primero - Dijo Ploof.

-"Compra dulce de leche" - Gritó Bebeel.

               Un segundo después el escritor volvió a estar solo y recordó cuantas veces, después de esas partidas intempestivas el se había quedado pensando si no estaría realmente loco.

             El reloj indicaba que faltaban pocos minutos para las cuatro de la mañana. Se levantó de la silla, fue hasta el lavatorio del baño a refrescar su rostro y luego ascendió lentamente la escalera que lo llevaba hacia su dormitorio; porque necesitaba dormir y tal vez aún... ¡Hasta pudiera soñar!

                                                                                                   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1