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LA VIEJA GUARDIA

Napoleón Bonaparte

La Vieja Guardia

Bélgica, batalla de Waterloo entre Francia y la fuerzas aliadas

 

Duque de Wellington

        La columna de soldados franceses avanzaba con dificultad por el camino. Habían partido de la Factoría de Rossommé; desde atrás los observaba su querido Emperador. Iban hacia el Castillo de Hougoumont, donde se había combatido todo el día intentando desalojar del patio a los Ingleses de Coocke y a los Belgas de la división Perponcher. Allí, habían quedado Bauduin, Legrós y veinte de los cuarenta batallones de Reille. Los dos primeros fracasaron y el costo para el tercero era demasiado alto para cualquier militar por un objetivo tan simple; demasiado llanto para las madres de Francia.

             Pero ellos no llegarían hasta el castillo, sino que girarían un poco para reforzar a Reille que ahora tampoco lograba avanzar frente a los Ingleses de Hill.

           "Reille, Reille, cuantos muertos cabalgarán desde hoy detrás de ti", parecían cantar las botas chapoteando en los charcos del pegajoso barro. Pero a decir verdad, no era solo un problema de él; a la derecha Lobau era acosado por los Prusianos de Bulow, Zieten avanzaba por Papelotte y Pirch, intentaba cerrar la pinza sobre Plancenoit.

          Por eso Bonaparte había decidido que actuara la Vieja Guardia; si ellos lograban quebrar la resistencia de los Ingleses en Mont. Saint Jean, podrían cambiar el curso de la batalla. El Emperador giraría el frente sobre Hougoumont y podría contener y hasta vencer a esos malditos Prusianos. Ya lo había hecho en Jena, en 1806. ¿ Por qué no podría repetirlo ahora ?

         El Sargento Maximilian Le Blanc, a quien sus hombres identificaban con el mote de "Robespierre", conjeturaba mientras incitaba a avanzar a sus hombres. Ese había sido un día trágico para Francia. Primero la lluvia, que demoró el inicio de la batalla hasta las 11,35 de la mañana. Luego, un extraño error del General Ney, que agrupa a su caballería en lugar de escalonarla, frente a la metralla Inglesa. Después, ese camino tallado en la cresta de Mont Saint Jean; una zanja que el guía Lacoste le niega pérfidamente a Napoleón - quien la intuía - y en donde se aplastaron unos con otros los magníficos Coraceros de Milhaud. Ahora, se utilizaba la reserva de la tropa selecta en la que el servía con orgullo, porque el Mariscal Soult y sus refuerzos " ya habían tardado demasiado".

         El aire de la campiña de Waterloo, olía a traición para el viejo Sargento. Napoleón era un General superior a ese atildado Duque de Wellington. Pero ¡ Que suerte tenía el Inglés !, ese día, hasta el tiempo lo había ayudado.

        Todas las facciones en pugna estaban agotadas. Llevaban horas de combate y a causa de "las desgracias" enumeradas, una batalla que Bonaparte ya hubiera ganado; estaba en tablas. Tan parejos estaban, que la definición tal vez dependería de los primeros refuerzos que llegaran. Blucher, el viejo guerrero Prusiano, seguramente vendría a marcha forzada y si lograba llegar a tiempo, degollaría personalmente a cada uno de sus hombres que viera retroceder en la batalla.( por eso cada uno de ellos rogaba que no llegara )

        Un grupo de jinetes pasó al lado de la columna. Uno era el General Etienne, Vizconde de Cambronné; el hombre que mandaba a la Vieja Guardia. Todos sabían de su lealtad al Emperador y lo identificaban fácilmente por sus constantes andanadas de malas palabras; Ahora, iba insultando a la lluvia, al barro y al caballo que hacía su mejor esfuerzo por avanzar con sus patas enterradas en el fango.

        Del mismo modo avanzaban ellos, pero sólo insultaban a Soult, ese dudoso Mariscal que estaba traicionando al Emperador y probablemente enviándolos a ellos a la muerte. Le blanc, apuraba a sus hombres intercambiando bromas e insultos, mientras observaba uno a uno los rostros que iban pasando. Viejos amigos todos; algunos lo acompañaban desde el 1800 en Marengo. Con otros, habían derrotado juntos a los Prusianos en Auerstadt en 1806 y a los Rusos en Friedland en 1807. Juntos habían sufrido la derrota de Leipzig en l813 y luego disfrutado el regreso del gran Corso a su querida Francia. Cierto es que faltaban algunos rostros, caídos en las batallas, pero ese era el precio que había que pagar por ser soldado y mas por pertenecer a la tropa selecta de su Majestad.

        Pronto llegaron a la línea del frente adonde Reille, mas que acosar, sufría a los Ingleses. Cambronné los arengó diciendo:

- "Soldados Imperiales, el destino de Francia; el futuro de la Revolución y hasta la vida del Emperador, está en vuestras manos"---

        Le Blanc no sabía, ni le interesaba averiguar si eso era tan así; sólo le importaba la última frase; la que decía que la vida del hombre por el cual había pasado de una existencia gris en los arrabales de París, a ser aplaudido por todas las ciudades de Europa; "dependía de el" en ese momento.

       Cuando llegó la orden de ataque, supo que sus compañeros sentían como el. Fueron un huracán de disparos, de bayonetas, de sables; Los Ingleses cedían al fin ante su empuje. Le blanc observaba los rostros de sus amigos y los descubría sonriendo, entre ese vendaval de acero y sangre donde se jugaban la vida. Es que todos sabían lo bien que aprovecharía ese esfuerzo Bonaparte.

       Ya veían a su caballo blanco corriendo hacia Hougoumont. En minutos mas; el gran Corso movería las piezas que le permitirían dar jaque mate a los Aliados. Y eso, lo habrían conseguido ellos; la Guardia selecta del Emperador. Si hasta ya paladeaban el placer del relato, en brazos de las bellas mujeres de Francia.

        Los hombres de Wellington ascendían una loma retrocediendo. Un esfuerzo más y al comenzar el descenso del otro lado, serían definitivamente avasallados.

        De pronto algo sucede a su derecha: El Sargento mira sorprendido el movimiento desordenado de sus experimentados hombres; hasta descubrir que se están defendiendo desesperadamente de "la Caballería Prusiana". Siente un tremendo orgullo, sólo su "Vieja Guardia" se mantiene de pié sin desbandarse frente a una carga de caballería como esa.

       Es Blucher, ese viejo maldito, ha llegado justo a tiempo. Es imposible pararlos. Cambronné, ¿Donde está Cambronné ? ¿ Acaso el también...?; El minuto de desconcierto casi le cuesta la vida; El sablazo de un jinete Prusiano estuvo a punto de llevársela en su rumbo hacia el grueso de la tropas de Reille pasando por la brecha abierta entre ellos.

       Los Ingleses reaccionan ante la intervención Prusiana y ahora son ellos los que empujan hacia abajo.

"Soult, maldito seas Soult", ¿ Cómo pudo llegar antes Blucher ?.

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....Poco tiempo después, Arthur Colley Wellesley, Duque de Wellington, enfoca su prismático sobre la colina.

- ¿ Que diablos pasa allá arriba ? - Pregunta viendo que Blucher empuja y destroza a los Franceses por el valle y en cambio sus tropas permanecen amontonadas en la cima.

- Es la Vieja Guardia, señor - le contestan - Un batallón resiste todavía.

         Wellesley, azuza su caballo hasta llegar arriba y ser flanqueado por Colville y Maitland. Da orden de detener el combate y mira:

         Un manojo de hombres ensangrentados se mantiene espada en mano y lo desafía. El Duque es un hombre objetivo. Esos soldados son héroes, todos y cada uno, pero no pueden demorarle la ofensiva. Al paso lento, casi delicado de su caballo, avanza esquivando los cuerpos caídos, hasta estar frente a ellos y grita: El atildado Duque por primera vez en esa batalla, grita: 

- ¡ Soldados Imperiales de Francia, habéis combatido como héroes y así seréis tratados. Pero no tiene sentido continuar esta matanza; Os ruego rindáis vuestras armas, no os queda alternativa.

         El Sargento Leblanc, mira a sus hombres, analiza sus rostros, piensa en Soult, en Ney, en Cambronné. ¡Nó!, a su amado Emperador, ellos no le fallarían. Ni siquiera se detiene a considerar si queda algún oficial entre ellos todavía:

- ¡ La Vieja Guardia no se rinde; Muere de pié !

         Los brazos ensangrentados de sus hombres levantan sus sables. Se produce entonces un largo silencio de estupefacción y en medio de ese silencio se escucha la voz de Cambronné diciendo:

- "Merd" -

         Le blanc sonríe, Wellington observa: El hombre que le ha respondido - apenas un Sargento - tiene el brazo izquierdo casi colgando, debido seguramente a un tremendo golpe de sable de algún jinete Prusiano. Y el oficial que confirmó esa decisión, no podía haber elegido más clara palabra. Da órdenes y mientras tanto se pregunta: ¿ qué clase de Ángel o Demonio tiene enfrente, capaz de suscitar una adhesión semejante ? Sus tropas se abren hacia los costados y un grupo de cañones quedan en posición. Los hombres de la Vieja Guardia saben que es el fin. Se abrazan, ninguno pronuncia una palabra, ninguno baja su sable.

         Colville o tal vez Wellesley mismo da la orden de fuego; su ejército debe seguir adelante. Esa será su entrada triunfal a la historia.

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.... Dos horas mas tarde, todo ha terminado en Waterloo; Por el camino de Le Caillou, se retira un jinete que va siendo rodeado por otros ensangrentados y sudorosos. El hombre, de mirada neurótica y perdida va escuchando los partes de sus oficiales, que no pide; sólo se interesa por un tema: ¿ Qué saben de su Vieja Guardia ? ¡ Nada ! , la Vieja Guardia ya no existe.

- ¡ Al menos ellos no ! Repite Napoleón Bonaparte.

             Sobre la cresta de Mont Saint Jean, los cuerpos desmembrados de los hombres de la Guardia Imperial, han retenido para si su gloria. El rostro del Sargento Le Blanc, aún sonríe y su mano derecha semi enterrada en el fango, mantiene aferrado fuertemente su sable, mientras sus palabras se inscriben lentamente en la historia o la leyenda.

Las aves de rapiña sobrevuelan el campo, prestas a aprovechar el desatino de los hombres.

            El Duque de Wellington bebe con sus eufóricos oficiales y aliados. Acaban de ganar una batalla que cambiará el mapa de Europa. Pero él no comparte la euforia; en su interior piensa que no ha ganado nada. El destino le ha dado la gloria, pero está convencido que muchas de sus decisiones de ese día han sido desgraciadas. Abandona la copa con la que ha brindado por el triunfo en Waterloo. Su vino; sabe amargo. ( Nunca más dirigirá una batalla, aunque él aún no lo sabe )

Mientras, el Gran Corso, viaja camino a un exilio y a una muerte sin gloria (y tampoco lo sabe) y su estrella - la estrella de Napoleón, la que lo abandonara ese día - lentamente se apaga, como momentos antes se apagaran los latidos de su VIEJA GUARDIA.

                                                                                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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