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PEDRO LAPIDO ESTRAN

HISTORIA DE DIOSES

Historia de Dioses

En algún lugar de las costas atlánticas de América cuando esta aún no había nacido

        Todo comenzó un atardecer, cuando los ancianos de la tribu repartieron los trabajos y me enviaron a cuidar el fuego de la playa. Al llegar a la orilla del mar me encontré con Runok, el hijo de Orlán, el pescador; llevando algunas ramas para el fuego.

-¡ Salud, Ammón ! - Me dijo acercándose a mi - ¡ No te envidio la suerte !

- Aclara tus palabras, muchacho. Respondí.

- Cosas raras pasan en el Mar; El Sol se ocultó esta tarde antes que otros días y enormes nubes negras se elevaron al cielo oscureciéndolo todo. Luego, grandes bolas de fuego se elevaban iluminando por un momento las aguas, mientras estremecedores truenos parecían brotar desde su lecho. Además, escuché a mi Padre y a los otros pescadores, hablar del mar agitándose como una serpiente. Por momentos creyeron que no podrían regresar y cuando finalmente así lo hicieron, regresaron asustados y trayendo sus redes vacías, pues los peces habían desaparecido de las aguas.

          Miré las olas embravecidas que trepaban una y otra vez sobre la arena, estrellándose contra la vegetación y despedí a Runok con un gesto de fastidio; Este se apresuró a dejarme. Quedé sólo en la playa y caminé hacia el fuego para asegurarme de que se hallara en un sitio donde no lo tocara el agua. El muchacho había hecho un buen trabajo; la hoguera estaba entre unas altas piedras y a su lado había suficiente madera para alimentarlo hasta el amanecer. Me desprendí de la pesada maza que llevaba y sentándome reflexioné acerca de las palabras de Runok. La madera seca, crepitaba; La noche, muy oscura y llena de sonidos extraños que provenían del mar, arrojaba su piel sobre mi cuerpo...

          Me desperté asustado. Un resplandor púrpura asomaba por arriba de la fronda. Eran los primeros síntomas del amanecer. Sentí voces y me apresuré a colocar algunas ramas sobre el fuego, ya casi apagado. Si alguno de los ancianos venía esa mañana con los pescadores y observaba la hoguera, me esperaría un día horrible; atado en el centro de la aldea, al Sol, sin agua y soportando la burla de unos y el reproche de otros por haberme quedado dormido, permitiendo que muriese el fuego de la playa.

         Soplé desesperadamente las brasas, tratando de hacer surgir las llamas, hasta que mis oídos escucharon voces que no eran en nuestra lengua y tampoco en ninguna conocida.

       ¿ Sería yo también culpable de no haber advertido la invasión de una tribu lejana ? Me incorporé asomándome nervioso entre las piedras y un escalofrío recorrió mi cuerpo. En la playa, encallada sobre la arena, se encontraba una barca gigantesca y extraña. Casi de treinta brazos de largo, sin fuegos en la cubierta y sin embargo, "toda iluminada". Y en la arena, a pocos pasos del agua...¡ Los Dioses !, no podía confundirme; eran ellos, tal cual los describía el anciano Tulex por las noches, contándonos cómo le habían entregado un día el fuego sagrado, ese que manteníamos encendido en forma permanente adentro de la choza mayor y junto al cual nos sentábamos a escucharlo.

         El Dios era alto y delgado; los cabellos áureos le caían a ambos lados de su cara tocando sus hombros. Tenía el torso desnudo, pero no su vientre, pues llevaba en su cintura un ancho cinto de cuero con adornos dorados y de el pendía una falda roja que le llegaba hasta las rodillas. Sus pies estaban cubiertos por una piel clara con rayas oscuras que yo no había vistonunca antes y que le cubría toda la pantorrilla en ambas piernas. Rodeaban sus antebrazos unos anchos anillos brillantes y de su cinto colgaban una gran bolsa y una funda de cuero  con un objeto extraño. Los músculos de sus hombros, su pecho y sus brazos eran grandes y redondos y su piel brillaba como si estuviera cubierta con aceite.

         Las Diosas eran dos y estaban cubiertas por largas túnicas del color del cielo y los cabellos dorados les caían sobre las espaldas hasta la cintura, estando sujetos a la altura del cuello por cintas brillantes. Los ojos de las dos divinidades eran de color verde y la piel, la que se veía y la que se adivinaba bajo las vestimentas, era mucho mas blanca que la arena que pisaban.

       Caminé hacia ellos sin proponérmelo; El Dios me vio y tomando el objeto extraño de su funda con su mano derecha, me apuntó con el, hablándome en una lengua desconocida. Yo me detuve aunque no comprendí nada, pero el entonces pronunció palabras en otras lenguas hasta que le oí finalmente decir en la mía:

-¿ Quién eres ? - Acércate, nada temas.

- Soy Ammón - dije balbuceante - guerrero de la tribu del Rey Tulex; perdóname señor por haberme quedado dormido y dejar que el fuego de la playa se apagara; mátame si así lo deseas, pero por favor no me conviertas en la vergüenza de mis padres.

-"Nada te pasara Ammón, yo he venido a ayudarte".

Las dos Diosas sonreían y se aproximaban lentamente.

- ¿ Dónde se halla el fuego del cual hablas ? Preguntó el Dios.

- Aquí, aquí entre las piedras. Respondí caminando hacia el lugar, seguido por los tres.

- Bien, colócale encima todas esas ramas que tienes y apártate de el.

         Ni bien lo hice, dirigió su mano hacia las ramas y una luz partió del objeto que sostenía, encendiendo el fuego de inmediato. Caí de rodillas en momentos en que los pescadores llegaban a la playa portando sobre sus hombros las barcas de pesca.

        La misma sorpresa que viviera yo instantes antes, la sufrieron ellos y arrojando las barcas al suelo, huyeron asustados hacia la aldea. Pronto, todo el pueblo con los guerreros al frente estaría en la playa.

El Dios dijo:

- Ya tienes tu fuego - y agregó: - Tranquilízate, cuando llegue tu gente nada te sucederá.

           Cuando los primeros guerreros llegaron, se pararon asombrados a pocos pasos de los árboles y detrás de ellos se fue amontonando mi pueblo.

          Nuestro anciano jefe avanzó hacia el Dios y este adelantó su mano izquierda. Un guerrero joven, demasiado nervioso por lo que veía o interpretando mal su gesto, le arrojó su maza. El Dios elevó su mano derecha y la misma luz que encendió antes el fuego, cruzó el aire esta vez hacia la maza que desapareció un instante después como si nunca hubiera existido.

         Todo el pueblo murmuraba, mirando con ojos azorados la escena. Nuestro jefe, dispuesto a reparar el equívoco dijo al guerrero:

- Caztla, has osado decidir por tu rey; lo pagarás con tu vida.

- ¡No! - Dijo el Dios interviniendo - No hace falta su muerte ni ninguna mas. Venimos a enseñarles a vivir mejor y para ello traemos enormes poderes. Avisen a todas las tribus que he llegado y que desde hoy, regiré vuestras vidas.

          Dirigió su mano llameante hacia una piedras, que desaparecieron como la ceniza ante el viento. El pueblo todo, con nuestro jefe a la cabeza se postró ante el.

         Y aconteció que aquellos Dioses se incorporaron a mi raza; su barca fue vaciada y de ella bajaron elementos maravillosos que luego guardaron celosamente en grandes construcciones de piedra que edificamos bajo su dirección.

          El Dios, eligió de entre todos los animales terrestres a la serpiente mas maligna y se complació en dominarla, tanto que aunque ella mordiera ya nunca mas pudo matar. Fueron tan mansas como pájaros, tanto que nuestros artistas hasta las representaban vestidas con plumas en sus obras. Creciole luego al Dios una barba muy larga y honró a muchas de nuestras vírgenes a quienes fecundó para crear la familia de los Reyes y yo mientras tanto, fui honrado con sabiduría. Aprendí muchas cosas sobre el cielo, la tierra, las aguas, las piedras y las plantas. Pude predecir el tiempo y lo bueno y lo malo mirando las estrellas.

            Fui luego obsequiado con el enorme privilegio de poder acariciar la blanca piel de una Diosa y fecundarla tres veces para fundar la dinastía de los Sacerdotes. Mis hijas tuvieron mi color y su belleza y luego fueron fecundadas por los hijos de las vírgenes elegidas y una nueva y bella raza prevaleció entre mi gente; La de los hijos de los Dioses.

           Mi pueblo construyó grandes ciudades con hermosos templos, aprendió a sembrar, hilar y confeccionar sus vestimentas y a vivir con justicia y sin necesidades. El fuego ya no fue un elemento sagrado, pues todos fuimos dueños de él y ninguna tribu se atrevió jamas a ignorar o discutir las directivas de los Dioses. Ellos permanecieron junto a nosotros por muchos años, en los que conocimos la paz, la dicha y la prosperidad. Hasta que un día ellos partieron; nadie sabe bien por qué, prometiendo volver.

           Después de su partida, nuevos pueblos llegaron desde el norte. Pueblos que no quisieron aceptar las premisas de Dioses que no conocieron y como ya no estaban ellos para detenerlos con su poder, fuimos atacados y mantuvimos largas y destructivas guerras que cambiaron otra vez nuestras vidas, llenándolas de desasosiego y tristeza.

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         El hombre de espesa barba, que había escuchado el relato entrecruzando los dedos de sus manos en ella, preguntó:

- ¿ Y toda esa historia que has contado, esta ahí en esos trapos con dibujos ?.

- " Si señor " - respondió el anciano Indio - "Desde el origen de los tiempos".

- " Muy interesante ", de modo que hace muchos años que los Dioses se fueron. Murmuró.

- Si señor, hace mucho. Lo acompañó el Indio en un susurro.

- ¿ Y que relación tienes tu, con ese Ammón del que me cuentas ?

- Soy el último de sus descendientes, señor, mis hijos prefirieron ser guerreros a sacerdotes y ambos murieron.

- ¿ De modo que contigo se acabaría la sagrada historia de los Dioses, no es así anciano ?

- No señor, quedan los códices. Dijo el Indio señalando los dibujos que había expuesto.

             El hombre salió de la tienda, parándose al sol para que su bruñida armadura reluciera. Trepó luego a su caballo al que hizo caracolear y relinchar logrando que los indígenas retrocedieran asustados; Entonces ordenó a uno de sus comandantes:

- ¡Alonso!, "que disparen todos los cañones de la capitana frente al pueblo"; ¡ Procurad acertarle a algún grupo de piedras!

Buscó entre sus hombres a uno vestido con un largo sayal y dijo:

-¡ Padre Francisco ! , se me pega a este viejo y me mantiene informado de todo lo que dice o hace. ¡Ah! y me le va enseñando algo sobre el Dios que representamos. Y encárguese personalmente de que todos esos trapos con dibujos vayan desapareciendo - son sacrílegos -

Y luego, tocando al anciano Indio con su espada prosiguió:

- Oye viejo, ve y dile a tu gente "Que los dioses han vuelto". ¡ Ah ! y agrega que esta vez, "Se quedarán mucho tiempo".

Esa noche, "Varios barcos ardieron en el Golfo de México".

Mientras tanto, la selva, entretejida entre los viejos templos, se preparaba a soportar la farsa

- Esta vez trágica - , guardando para siempre "Los secretos de América".